
Sobre la espalda me pasaron el arado,
abriéndome en ella profundos surcos.
Pero el Señor, que es justo,
me libró de las ataduras de los impíos.
Salmos 129:3-4
Todos nos hemos visto en algun momento prisioneros de terribles y poderosas ataduras. Un espíritu que ha perdido la esperanza tiene pocas posibilidades de lograr escapar de estas ataduras, especialmente cuando sólo cuenta con sus propias fuerzas para intentar alcanzar la libertad.
Las ataduras nos inmovilizan. Ellas paralizan al más poderoso porque actuan en el campo espiritual y no en el campo físico, donde manejamos mejor las cosas.
Si te sientes atado e inmovilizado tienes que acudir a quien tiene la autoridad para romper cadenas y ataduras por fuertes que éstas parezcan. Jesucristo vino a liberar a los oprimidos y él quiere ayudarte. ¿Por qué no intentas con él? Sólo así sabrás lo que es la verdadera libertad.



