Cuán grande es tu bondad,
que atesoras para los que te temen,
y que a la vista de la gente derramas
sobre los que en ti se refugian.
Al amparo de tu presencia los proteges
de las intrigas humanas;
en tu morada los resguardas
de las lenguas contenciosas.
Salmos 31:19
Algo que nunca podremos negar es que Dios es inmensamente bueno. Cuando decimos que él es inmensamente bueno nos quedamos cortos por lo que deberíamos decir infinitamente bueno ya que infinitamente bueno es el calificativo más adecuado.
Las bondades de Dios no son algo que él hace en secreto y ocultamente. No señor, las bondades de Dios están a la vista de todos. El derrama sus bendiciones sobre aquellos que verdaderamente lo buscan y desean seguirlo y amarlo.
Dentro de esas bondades y bendiciones podemos identificar la protección que Dios nos brinda contra las intrigas de nuestros semejantes. No hay nada más dañino que una lengua intrigante y contenciosa. Decía el pragmático apóstol Santiago que una lengua así es capaz de incendiar un gran bosque.
Damos gracias al Padre que el nos resguarda de las lenguas viperinas y malhabladas que en todo tiempo buscan causarnos daño y dolor. Podemos decir que Dios nos ha hecho incombustibles.




