No me reprendas, Señor, en tu ira;
no me castigues en tu furor.
Tenme compasión, Señor, porque desfallezco;
sáname, Señor, que un frío de muerte recorre mis huesos.
Salmos 6:1-2
Tenemos que reconocer que muchas veces las situaciones que atravesamos fueron causadas por nuestras propias fallas y malas decisiones. Son más las veces que nos causamos problemas a nosotros mismos que las veces que las dificultades obedecen a factores externos.
El orgullo, la terquedad, la necedad, la indecisión, la falta de fe, el egoísmo y la simple ignorancia son las responsables de que estemos siendo sometidos a la justicia de Dios. Dios nos ama y por eso nos disciplina de la misma manera que cualquier padre amoroso está interesado por el bienestar y la buena crianza de sus hijos.
Una de las preguntas que nos debemos hacer cuando estamos atrvesando estos difíciles momentos en nuestras vidas es ¿Le hemos fallado a Dios? ¿Hemos hecho o dicho algo que a él no le agrada? El Espíritu Santo nos ayudará a identificar la fuente de nuestros problemas. Si todo es culpa de nosotros, con corazones arrepentidos pidamos su perdón. La gracia de Dios se encargará de restaurar todas las cosas.




