Desde lo más profundo de la fosa
invoqué, Señor, tu nombre,
y tú escuchaste mi plegaria;
no cerraste tus oídos a mi clamor.
Te invoqué, y viniste a mí;
«No temas», me dijiste.
Lamentaciones 3:55-57
Ciertamente Jeremías se encontraba en una situación desesperante al ver como la bella Jerusalén era pasto de las llamas y los cadáveres llenaban las calles de la antes feliz ciudad. Hombres, mujeres y niños por igual yacían inertes en todo los rincones de la populosa y arrogante población.
Seguro que por su mente pasó la idea de que él también pronto sería asesinado por las huestes de Nabucodonosor. Todo estaba perdido. Él se hallaba como en una fosa. Había llegado el fin.
Pero Jeremías todavía contaba con un poderoso recurso: la oración. Bastó que Jeremías invocase el nombre del Señor Todopoderoso para que Dios escuchara de inmediato, sin demora, las necesidades de Jeremías. Y la respuesta no se hizo esperar. «No temas» le dijo el Señor y lo salvó. Dios hoy te dice lo mismo que le dijo a Jeremías: «No temas». La salvación pronto llegará.




