La palabra de hoy 30 de agosto de 2010


A Jacob le ha revelado su palabra;
sus leyes y decretos a Israel.
Esto no lo ha hecho con ninguna otra nación;
jamás han conocido ellas sus decretos.
¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor!
Salmos 147:19-20

Recuerdo una vez que estaba de visita en Philadelphia por razones de trabajo que durante  un corto tiempo libre que me quedó pude visitar un museo del holocausto judío. El museo en cuestión quedaba en la parte alta de un negocio que vendía objetos de arte con temas judíos y estaba cerrado porque no había visitantes. El dueño del negocio accedió a abrir el museo sólo para mí. Una pequeña pero muy variada  colección de fotos, cartas, listas y objetos antiguos se encontraba en las vitrinas que colmaban el reducido espacio disponible. La vista de aquellos múltiples objetos exhibidos en estática posición ante mis ojos produjeron un quebrantamiento en mi espíritu y una tristeza en mi corazón que no puedo explicar. Ya repuesto de la impresión y al final de mi recorrido me acerqué al propietario del local y le comenté que qué privilegio era saberse miembro del pueblo escogido de Dios. Con cierta sorna me respondió «Sí, ¿pero por qué Dios no se busca otro pueblo? En sus palabras pude discernir que la responsabilidad de ser miembro del pueblo escogido por Dios representaba una carga muy pesada dadas las pruebas y la responsabilidad que dicha membresía implicaba.

Dios, que de los judíos y los no judíos ahora ha hecho un solo pueblo nos ha concedido los privilegios y también las responsabilidades de ser nación escogida de Dios. Ciertamente, con pocas excepciones después de la caída del imperio romano, no hemos tenido que ser sometidos a las difíciles pruebas que ha tenido que afrontar el pueblo judío, quienes todavía hoy están siendo zarandeados para que busquen de corazón al Dios verdadero y Salvador. Además, aparte de la pesada e imposible de cumplir ley, nos ha dado la justificación por la fe en la obra salvadora de Jesucristo.

Conociendo, pues, los privilegios y responsabilidades que nuestra nueva ciudadanía conlleva avancemos hacia nuestro objetivo por el camino recto que está planteado delante de nosotros. Alegrémonos por tener acceso irrestricto a la gloriosa palabra de Dios y por la presencia del Santo Espíritu de Dios en nuestra vida que nos permite entenderla y asimilarla para nuestra transformación y beneficio. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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