La palabra de hoy 11 de septiembre de 2010


¿Acaso no entienden todos los que hacen lo malo,
los que devoran a mi pueblo como si fuera pan?
¡Jamás invocan a Dios!

Salmos 53:4

La negación de la existencia de Dios tiene consecuencias bastante graves para aquellos que prefieren creer que con su declaración a tal efecto pueden hacerlo desaparecer de un sólo plumazo. Ésto no es más que simple soberbia y como tal su consecuencia inmediata es la humillación. Claramente lo especificó el antiguo y gran sabio Salomón cuando escribió: «Al orgullo le sigue la destrucción; a la altanería, el fracaso.» Pero la cosa no se queda ahí. También hay una consecuencia relacionada con la moral. Los que niegan la existencia de Dios dicen que ellos no necesitan a Dios para tener un sistema moral y ético. Lo que ellos hacen es copiar algunos principios morales de aquellos sistemas que sí están basados en la premisa de que Dios existe y decir: «¿Se fijan? Dios no hace falta para tener un sistema ético y moral.» Evidentemente, un sistema moral y ético que esté basado en opiniones y no en convicciones no puede pasar la prueba cuando es sometido a un escrutinio riguroso o sencillamente cuando le toca enfrentar situaciones en la vida real que demandan una acertada decisión.

El apóstol Pablo nos dice que quienes no creen en Dios son entregados por él a los malos deseos de sus corazones, que conducen a la inmoralidad sexual. Dice también que son entregados a pasiones vergonzosas y antinaturales. Y para completar, también son entregados a la depravación mental por lo que terminan haciendo y promoviendo todo lo que es malo; todo lo anterior dejando corazón, sentidos e intelecto esclavizados por el mal.

La solución es muy clara, retornar a Dios. Reconocer su majestad y autoridad sobre la creación y por ende sobre nuestras vidas. Aún hay oportunidad para que ellos se aparten de su vergonzoso y peligroso camino y retomen el camino que conduce a Dios y por ende a la eterna felicidad que es habitar en su presencia. Que puedan sus corazones tener un poquito de humildad que los lleve a los pies del Señor Jesús para que él les dé salvación. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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