La palabra de hoy 10 de octubre de 2010


Hubo reyes que unieron sus fuerzas
y que juntos avanzaron contra la ciudad;
pero al verla quedaron pasmados,
y asustados emprendieron la retirada.
Salmos 48:4-5

Por su privilegiada y estratégica ubicación en medio de rutas comerciales y militares la gran ciudad de Jerusalén siempre ha sido objeto de interés y codicia por parte de muchos pueblos y naciones que habitan a su alrededor. Desde el punto de vista espiritual se puede entender que el adversario siempre ha estado buscando destruir lo que eventualmente será la sede del trono del Rey de reyes y Señor de señores. Esta persecución y asalto se transmite al mundo físico en los ataques militares resultantes de la codicia desenfrenada antes mencionada. No obstante, a diferencia de muchas otras ciudades de la antigüedad que han desaparecido en el olvido bajo las arenas de los tiempos, Jerusalén permanece y aún hoy es considerada como un lugar muy especial por los tres grandes sistemas religiosos monoteístas.

Aún recuerdo vívidamente cómo durante la Guerra del Golfo a mediados de 1990 Jerusalén y otras ciudades de Israel fueron objeto de ataques a distancia con los infames misiles “Scuds” mediante los cuales Saddam Hussein, cual moderno Nabucodonosor, pretendía involucrar a Israel en la contienda para así ganar el favor de las naciones musulmanas que se habían aliado en su contra. La gran mayoría de los misiles lanzados contra Israel fueron interceptados por los famoso misiles antimisilísticos “Patriot”. Estos ataques que eran lanzados de noche para infundir un terror más profundo tuvieron muy limitado impacto sobre las vidas del pueblo de Israel. Recuerdo como al observar esos eventos me vino a la mente la porción del Salmo 91 que dice: “No temerás el terror de la noche, ni la flecha que vuela de día...” y pude constatar con mis propios ojos la efectividad de la protección prometida por Dios a su pueblo.

Si has recibido a Cristo en tu corazón tú también estás bajo la poderosa protección de la mano de Dios y por lo tanto no debes temer ningún ataque lanzado contra ti. Dios se encargará de presentar batalla contra el enemigo  porque a fin de cuentas la batalla le pertenece a él y no a ti. El terror que el enemigo pretendía infundir sobre ti será devuelto a ellos con redoblada potencia y quienes te atacan tendrán que retirarse con el rabo entre las piernas. ¿No es ésto motivo de tranquilidad? ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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