La palabra de hoy 22 de octubre de 2010


Pero muy pronto olvidaron sus acciones
y no esperaron a conocer sus planes. 
En el desierto cedieron a sus propios deseos;
en los páramos pusieron a prueba a Dios. 
Y él les dio lo que pidieron,
pero les envió una enfermedad devastadora.
Salmos 106:13-15

Si bien la paciencia y la perseverancia son grandes virtudes del ser humano, lo contrario, la impaciencia y la indolencia, por lógica se constituyen en grandes vicios. En estos tiempos postmodernos la impaciencia ha cobrado inusitada vigencia. Todo lo queremos para ya. Todo aquello que requiera tiempo y sacrificio lo consideramos un gran fastidio.Los negocios de comida rápida prosperan porque no nos gusta esperar ni siquiera un tiempo razonable por la preparación de los alimentos. Los libros de cómo hacerse rico en tres semanas se convierten en pingües negocios para los charlatanes que los escriben. La facilidad y la tentación para obtener cualquier cosa de inmediato con apoyo del crédito termina convirtiéndose rápidamente en esclavitud financiera. Las carreras cortas tienen más demanda que los estudio universitarios formales. Los alimentos instantáneos ocupan grandes espacios en nuestras alacenas y así, todo lo queremos para ya.

La falta de perseverancia está tan vigente y prevalente como la impaciencia. Ambas están íntimamente ligadas entre sí y no es raro que donde veamos una hallemos también a la otra. Todos los años hacemos resoluciones del nuevo año que nunca sobreviven el mes de Enero. Ejercicios y dietas son muy fáciles de comenzar pero muy difíciles de mantener. Con mucho entusiasmo iniciamos muchas actividades que nunca llegan a ser completadas. Nuestra naturaleza pecaminosa es demasiado débil para resistir la tentación de dejar todas las tareas a medias. El entusiasmo para llevar adelante y finalizar lo que emprendemos tiene muy corta vida. El ahorro ha pasado a ser una práctica del pasado.

No nos debe sorprender entonces, que el pueblo de Israel olvidara pronto las acciones de Dios y se cansaran de esperar por el cumplimiento de los planes divinos. Esa es la naturaleza humana y punto. No es posible escapar de esa herencia de esclavitud que nos dejó el pecado de la desobediencia de nuestros padres Adán y Eva. Nuestros cuerpos están bajo el imperio de la ley del pecado. Sólo mediante la intervención de Jesucristo en nuestra vida es que la ley del Espíritu de vida puede liberarnos de la ley del pecado y de la muerte, como claramente nos lo explica el apóstol Pablo. Si quieres apartar estos vicios de tu vida, apóyate en el poder de Jesucristo. Sin él nada podrás lograr. ¡Solo a Dios sea la gloria!

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