La palabra de hoy 24 de octubre de 2010


Ábranme las puertas de la justicia
para que entre yo a dar gracias al Señor.
Son las puertas del Señor,
por las que entran los justos.
¡Te daré gracias porque me respondiste,
porque eres mi salvación!
Salmos 118:19-21

La promesa de la vida eterna está reservada para aquellos que son justos, es decir aquellos que obran según la justicia y la razón. Hasta aquí todo va bien, pero hay un pequeño detalle que no podemos pasar por alto y es que para que alguien pueda verdaderamente ser justo tiene que haber cumplido con todos y cada uno de los preceptos de la ley de Dios. Ésta es una tarea poco fácil dado que el cumplimiento que se exige no es tan sólo de carácter general sino específico y comprensivo. Ejemplo de ello lo encontramos en el Sermón del Monte que nuestro Señor Jesús proclamó en la ladera de una montaña en Galilea a las multitudes que lo seguían de todas partes buscando sanidad para sus cuerpos. Este sermón que aparentemente estaba dirigido a personas con graves problemas de salud en realidad estaba destinado a convertirse en la constitución nacional del reino de Dios. En este sermón el Señor Jesús amplía y aclara el completo significado de las exigencias de la ley para alcanzar la justicia. Si el cumplimiento de la ley de Dios, tal como la interpretaban los estudiosos fariseos y escribanos era difícil, con la exposición y la explicación dadas por nuestro Señor se establecía que es absolutamente imposible llegar a ser justo. ¿Cómo entonces lograr la justicia necesaria para disfrutar la vida eterna prometida por Dios a su pueblo?

Dado que por nuestra naturaleza pecaminosa es imposible alcanzar la justicia necesaria para poder habitar delante de la presencia de Dios, el Señor Jesús estableció el camino de la fe para que mediante ella podamos ser hechos justos aparte del camino de la ley. El camino de la vida es como un puente o un túnel que necesita ser cruzado para salvar el obstáculo que se interpone en nuestro sendero, sea un abismo, un río o una montaña. Ni el puente ni el túnel pueden ser accedidos por ningún lugar que no sea uno de sus extremos. El extremo por donde se ingresa al túnel o al puente es la puerta que es Cristo. Cualquier otro trayecto o acceso con que se pretenda ingresar al puente o al túnel simplemente no existe.

Atraviesa con fe la puerta que es Cristo y cruza el puente que te puede llevar a la justicia y la salvación. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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