La palabra de hoy 23 de noviembre de 2010


No te sientes a la mesa de un tacaño,
ni codicies sus manjares,
que son como un pelo en la garganta.
«Come y bebe», te dirá,
pero no te lo dirá de corazón.
Acabarás vomitando lo que hayas comido,
y tus cumplidos no habrán servido de nada.
Proverbios 23:6-8

La hipocresía siempre ha sido vista como uno de los peores vicios. Su significado es más o menos el mostrar a los demás lo que uno no es.  No en vano a los actores de la época de oro de Grecia los llamaban hipócritas pues estaban asumiendo una personalidad que no era la suya propia con propósitos de entretenimiento. Aún así la hipocresía no es más que una mentira. Nuestro archienemigo Satanás—como padre de la mentira que él es—fue el primer hipócrita de quien tenemos referencia. Él utilizó sus habilidades histriónicas para hacerle creer a Eva que sólo era un inofensivo animal y que su único interés consistía en aclarar la mente de ella y de Adán para que no siguieran creyendo el “engaño” de Dios. Hipócritas llamó el Señor Jesús a fariseos y saduceos que lo acusaban de quebrantar las sacrosantas tradiciones judías. En realidad eran ellos quienes con sus tradiciones quebrantaban los mandamientos de Dios. El Señor Jesús nos advierte que debemos cuidarnos de la hipocresía, a la cual llama “la levadura de los fariseos”. El apóstol Pedro nos exhorta a que abandonemos toda maldad y todo engaño, hipocresía, envidias y toda calumnia para desear con ansias la leche pura de la palabra de Dios. El apóstol Juan nos revela que en la ciudad de Dios que descenderá del cielo—la nueva Jerusalén—no tendrán entrada ni los idólatras ni los farsantes.

No hace falta pues que los hijos de Dios nos veamos envueltos en actos de hipocresía que nada bueno nos dejan y más bien nos hacen caer en situaciones embarazosas cuando todo queda al descubierto. Cuidémonos pues de no dejarnos llevar por esta perniciosa práctica y mantengamos siempre una actitud de sinceridad y transparencia. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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