La palabra de hoy 3 de febrero de 2011


Hijo mío, no desprecies la disciplina del Señor,
ni te ofendas por sus reprensiones.
Porque el Señor disciplina a los que ama,
como corrige un padre a su hijo querido.
Proverbios 3:11-12

Cuando somos objeto de una disciplina, tenemos dos maneras de tratar el asunto. La primera es respondiendo con necedad, negando la propia responsabilidad, autoconmiserándonos por el dolor sufrido y mintiendo descaradamente al no querer aceptar que la disciplina recibida ha sido justa y necesaria. La otra manera de tratar el asunto es aceptando la responsabilidad por lo ocurrido, reconociendo la justicia de la disciplina aplicada, actuando con madurez y asumiendo el propósito de cambiar para no volver a caer en la falta que originó la disciplina en cuestión. Lamentablemente, la primera conducta es la más prevalente en la raza humana debido a la naturaleza pecaminosa grabada en nuestro ADN espiritual por la desobediencia de nuestros padres primigenios Adán y Eva. Mientra veamos a la disciplina como un castigo aplicado con el único propósito de descargar una ira reprimida, estaremos irremediablemente asumiendo la conducta equivocada, hundiéndonos cada vez más en las arenas movedizas del pecado. Esta confusión está presente tanto en el que recibe la disciplina como en quien la aplica. La actitud correcta es entender la disciplina como una demostración de amor.

En el ámbito familiar, permitir que un hijo crezca en un mundo donde las reglas no son respetadas y donde no existen consecuencias por dicho irrespeto, es hacerle un gran daño a la criatura. Lo más probable es que ese niño se vea envuelto en graves problemas de conducta durante todo el resto de su vida. Aplicar disciplinas correctivas oportunas ante conductas reprobables es una manifestación del amor de los padres hacia sus hijos, por cuanto se evitarán problemas posteriores en la vida de dichos hijos. Recordemos el comentario que el recio apóstol Pedro hizo acerca de la disciplina: “Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien penosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella.” Dios nos disciplina “para nuestro bien, a fin de que participemos de su santidad.” ¡Sólo a Dios sea la gloria!

Anuncios
Esta entrada fue publicada en La Palabra de Hoy, Proverbios y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s