La palabra de hoy 10 de febrero de 2011


Dentro de tu templo, oh Dios,
meditamos en tu gran amor.
Tu alabanza, oh Dios, como tu nombre,
llega a los confines de la tierra;
tu derecha está llena de justicia.
Por causa de tus justas decisiones
el monte Sión se alegra
y las aldeas de Judá se regocijan.
Salmos 48:9-11

Si a alguien le preguntaran cuán grande es la atmósfera, esta persona no titubearía en responder que la atmósfera es muy grande porque cubre toda la tierra. La misma persona, muy probablemente, no respondería tan rápido si le preguntásemos cuán grande es la misericordia de Dios. Típicamente, esta pregunta generaría dudas en la mente del interrogado y su respuesta probablemente sería más bien vaga. Esta conducta típica no es por falta de análisis o reflexión sobre las cosas espirituales. De hecho, el hombre moderno  es tan curioso o más que sus antecesores y quiere conocer cada vez más del mundo espiritual. Lamentablemente las vías de entrada que está utilizando para conectarse con ese mundo son las menos apropiadas, pues son las vías que conducen al “lado oscuro de la Fuerza” como diría cualquier entusiasta de la serie de Hollywood, “La Guerra de las Galaxias.” La puerta que conduce al “lado luminoso de la Fuerza”, para seguir utilizando la misma metáfora, es única. No hay otra forma de acceder a este lado bueno del mundo espiritual que no sea entrando por esta Puerta especial e inimitable.

Nuestro maravilloso Salvador, el Señor Jesucristo dijo: «Yo soy la puerta; el que entre por esta puerta, que soy yo, será salvo.» Lamentablemente, mucha gente no conoce este exclusivo camino de entrada al lado bueno del mundo espiritual y se conforman con explorar los múltiples accesos al lado malo y tenebroso, guiados por el asesino y padre de la mentira, el enemigo de nuestras almas. No podemos quedarnos de brazos cruzados viendo como tanta gente es engañada por este hábil y astuto mercachifle de mentiras. Tenemos que levantar nuestra voz por encima del ruido ensordecedor del mercado de las ideas y las creencias. Si por lo menos un alma escucha nuestra voz y decide entrar por la Puerta de la verdad seremos siervos menos inútiles para la obra de Dios. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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