La palabra de hoy 18 de febrero de 2011


Tu ira se ha descargado sobre mí;
tus violentos ataques han acabado conmigo.
Todo el día me rodean como un océano;
me han cercado por completo.
Me has quitado amigos y seres queridos;
ahora sólo tengo amistad con las tinieblas.
Salmos 88:16-18

El lamento y la inconformidad con las situaciones que a veces nos toca atravesar en nuestra vida pueden ser resultado del desconocimiento del rol que jugamos dentro del plan de Dios y de los métodos que él utiliza para moldear y perfeccionar nuestro corazón. Cada vez que echamos una mirada a nuestro corazón nos damos cuenta de que en él hay muchas cosas negativas acumuladas que necesitan ser desechadas y lanzadas al bote de los desperdicios. Mientras más tardamos en desprendernos de una vez por todas de esas dañinas actitudes y posiciones, más fuerte éstas se enquistan en nuestra alma y mayor es el esfuerzo necesario para limpiar nuestro corazón. De allí que algunas de las medidas que Dios toma para transformar nuestro carácter luzcan un tanto drásticas y parezcan situaciones en las que hemos sido abandonados por completo por él. Tenemos que reconocer que por nuestro propio esfuerzo nunca podremos deshacernos de las cosas que forman parte de nuestra naturaleza pecaminosa. Sería como pedirle a un buitre que deje de comer carroña.

Sólo Dios con su absoluto poder y autoridad puede transformar esa naturaleza pecaminosa en una naturaleza renovada, libre del lastre del pecado y la culpa, preparada para toda buena obra. Las situaciones que sea necesario atravesar para alcanzar esta metamorfosis dependerán de la clase de defectos y obras de la carne que sea necesario desarraigar de nuestras vidas. Sepamos, pues, que todo lo que ocurre tiene un propósito, y en el caso especial de los hijos de Dios, todo lo que nos sucede son cosas que Dios ha dispuesto para nuestro bien. Pidamos a Dios una salida a nuestras adversidades, pero sepamos entender que Dios hará la obra transformadora en nosotros porque nos ama. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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