La palabra de hoy 3 de marzo de 2011


Dichoso el que halla sabiduría,
el que adquiere inteligencia.
Porque ella es de más provecho que la plata
y rinde más ganancias que el oro.
Es más valiosa que las piedras preciosas:
¡ni lo más deseable se le puede comparar!
Proverbios 3:13-15

He aquí un principio bíblico que no nos cansamos de repetir. Las riquezas no son el fundamento de la dicha. La sabiduría sí que lo es. Pero esto es algo que pocos conocen, de hecho, muy pocos, casi nadie. Si la gente conociera este principio no tendrían como objetivo de sus vidas el ser millonarios. Si se le pregunta a la mayoría de la gente qué quisieran tener, la respuesta más común es que quisieran tener mucho dinero para no tener que trabajar. Por ello, la mayoría de la gente deambula y nunca logra su objetivo porque su meta es imposible de alcanzar. De nuevo, el fundamento de la dicha es la sabiduría. Y conste que estoy hablando de la verdadera sabiduría, la que viene de lo alto, la que baja del cielo, la que nos acerca a Dios y nos enseña la obediencia y el respeto hacia él. No la sabiduría del mundo que es mero conocimiento y aparente sentido común y racionalidad, tan voluble e insegura que nos ha hecho llegar al desastre de postmodernismo y sus ambigüedades.

El mundo ha tratado de alcanzar la sabiduría mediante la filosofía y algunos filósofos son considerados por el mundo como grandes sabios. No obstante, sus opiniones pasan de moda y su vigencia y autoridad son pronto reemplazadas en el gusto popular por nuevas opiniones de nuevas posiciones filosóficas tan inciertas como sus predecesoras. La filosofía sólo ha logrado exponer algo muy somero de la sabiduría, por lo que este camino no puede llevarnos a ella. La verdadera sabiduría  sólo puede provenir de Dios y muy pocos filósofos creen en él y menos todavía estan buscándole.

Los hijos de Dios somos ciertamente privilegiados porque podemos recibir la sabiduría que proviene del Padre y porque tenemos acceso a su palabra, la cual es muy efectiva para llevarnos al verdadero conocimiento y la perfecta sabiduría. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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