La palabra de hoy 12 de marzo de 2011


Van de un lado a otro buscando comida,
y aúllan si no quedan satisfechos.
Salmos 59:15

El mundo, uno de nuestros tres grandes enemigos, tiene una manera muy especial de aprovecharse de nuestras debilidades para hacernos caer. Explotando nuestro incontrolable orgullo, el mundo nos ofrece escalar posiciones en tres áreas que se apoyan y se alimentan entre sí. Éstas son fama, dinero y poder. Alcanzando notoriedad en cualquiera de ellas se nos facilita el camino para avanzar en cualquiera de las otras dos. Por ejemplo, a quien tiene mucho dinero, le es muy fácil ser famoso o ejercer el poder, cualquiera que sea su preferencia personal. Lo mismo se puede decir de la fama y el poder. Estos tres flancos de ataque que utiliza el mundo para destruir nuestras almas nos ofrecen la capacidad para disfrutar de cualquiera que sea nuestro apetito carnal. Quienes viven vidas sibaríticas y hedonistas lo pueden hacer porque se apoyan en alguna posición de importancia en estas áreas. Sexo, drogas, alcohol, ocio y libertinaje ─entre otras cosas─ son las aspiraciones de quienes se dejan convencer por las artimañas del mundo. La fuerza arrolladora de esta negativas influencias es capaz de acallar e inmovilizar la conciencia de quien se deja seducir por ellas.

Nuestro amado Señor Jesucristo nos dijo: «¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida? ¿O qué se puede dar a cambio de la vida?» Tal como los marineros del mítico Ulises en su famosa Odisea, quienes lograron evitar descarriarse colocando cera en sus oídos para no escuchar los tentadores cantos de las Sirenas, nosotros debemos hacer oídos sordos a las tentaciones que nos ofrece el mundo para desviarnos del recto sendero que Dios ha preparado para cada uno de nosotros. Sólo el poder de Dios transformando nuestras vidas nos permitirá mantenernos a salvo de caer en la tenebrosas redes de las trampas del mundo. Recordemos las palabras del apóstol Juan: «En esto consiste el amor a Dios: en que obedezcamos sus mandamientos. Y éstos no son difíciles de cumplir, porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.» ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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