La palabra de hoy 16 de marzo de 2011


La tribu de Efraín, con sus diestros arqueros,
se puso en fuga el día de la batalla.
Salmos 78:9

Aparte de la infidelidad y la rebeldía, una de las características principales del hombre postmoderno es su autosuficiencia. Todos, en menor o mayor grado, nos comportamos así. Cuando somos visiblemente autosuficientes, pensamos que no necesitamos de nada ni a nadie para subsistir. Si alguien, al ver nuestra necesidad, nos ofrece una mano, rechazamos su ayuda porque, de acuerdo con nuestra percepción de las cosas, nos bastamos a nosotros mismos para superar las dificultades. El orgullo nos impide reconocer el gesto de ayuda de quien se ofrece a colaborar. Pensamos que nos las sabemos todas y que somos los más listos del grupo. De hecho, a veces de manera involuntaria nos metemos en problemas para demostrar a los demás que no necesitamos de ayuda externa. No necesitamos que nadie nos enseñe porque todo lo sabemos; no nos hace falta que nadie nos apoye puesto que somos capaces de lograr todo solos, por nuestros propios medios.

La vida del hijo de Dios es todo lo contrario. Nuestra vida es una vida de dependencia y no de independencia. Dependemos, en primer lugar, de la misericordia y bondad  de nuestro Padre celestial, a quien le place proveernos con toda clase de bendiciones  y cubrir todas nuestras necesidades de manera tal que nada nos falta. Dependemos en menor grado de nuestros seres queridos, quienes también demuestran la mayor de las paciencias cuando tienen que literalmente lidiar con nosotros para que nos dejemos ayudar. No menos importante es la dependencia de los hermanos en la fe y de los amigos que con desinteresado aprecio nos extienden una mano para ayudarnos a salir del atolladero. Como podemos observar, para todo dependemos de otros y en muy poco dependemos de nosotros mismos. Dejemos a un lado el orgullo y no despreciemos, pues, esa mano que amorosamente se extiende desde los cielos o de parte de los seres que nos rodean para socorrernos en momentos de aprieto. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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