La palabra de hoy 26 de marzo de 2011


El látigo es para los caballos,
el freno para los asnos,
y el garrote para la espalda del necio.
Proverbios 26:3

La necedad es una especie de locura. La necedad reside en lo más profundo del ser y las acciones del necio simplemente reflejan la estupidez que se ha enraizado en el corazón. El necio no se da cuenta del impacto que causan sus acciones porque es un insensato. Sus acciones no tienen sentido y tratar de entenderlas sería caer en el mismo disparate que estamos criticando. Por su falta de raciocinio al majadero se le puede comparar con las bestias de carga, aunque en muchas ocasiones éstas han mostrado mayor sensatez que un necio. Es por esta misma razón que al mentecato se le debe tratar con mano de hierro, sin miramientos ni consideraciones, puesto que la única razón que él puede entender es la fuerza.

¿Sientes a veces que la vida te trata con demasiado rigor? ¿Sientes que eres llevado por la corriente sufriendo toda clase de desventuras y que nunca logras salir del atolladero? ¿Te has puesto a considerar si lo que te está ocurriendo no es más que un garrote siendo aplicado sobre tus tercas espaldas? Nadie está exento de cometer una que otra estupidez pero debemos cuidarnos de que nuestra conducta en general no pueda ser catalogada como necia ni que volvamos a caer en la necedad que caracterizó a nuestra vida antes de que tuviéramos un encuentro personal con nuestro Señor Jesucristo. El apóstol Pablo escribió: «En otro tiempo también nosotros éramos necios y desobedientes…Pero cuando se manifestaron la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador, él nos salvó…» Evitemos, pues, las necias controversias, las genealogías interminables y fabulosas, las leyendas, el legalismo, las falsas doctrinas, el amor al dinero y cualquier otro tipo de necedad que esté tratando de obstaculizar nuestro progreso espiritual. «Sólo así podremos vivir en este mundo con justicia, piedad y dominio propio, mientras aguardamos la bendita esperanza, es decir, la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.» ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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