La palabra de hoy 28 de marzo de 2011


Cuando hay rebelión en el país,
los caudillos se multiplican;
cuando el gobernante es entendido,
se mantiene el orden.
Proverbios 28:2

A nadie debe sorprender la ola de rebeliones y alzamientos que está ocurriendo en algunos países del Medio Oriente. Cuando un poderoso toma por primera vez el poder sus pensamientos están llenos de quimeras y utopías. Con delirante optimismo se ocupa de gobernar y poco a poco sus buenas intenciones ─si es que alguna vez fueron buenas─ se van transformando en promesas incumplidas, maniobras populistas, violación de los derechos humanos, persecución de quienes lo adversan, peculado, nepotismo, malversación de fondos y simple abuso del poder que le ha sido encomendado. Como ahora tiene un poder que antes nunca tuvo, considera que él no necesita de la dirección de Dios y termina extraviándose del sendero de rectitud. La arrogancia que lo domina se convierte eventualmente en la espada que corta cualquier viso de legitimidad de su mandato. El pueblo que al principio respaldó su selección o elección, termina desencantado por el estruendoso fracaso del incapaz líder y pronto se inicia un proceso de rebelión que termina en algo que los ojos del mandatario, cegados por el poder que ostenta, nunca pudieron divisar: un derrocamiento o la pérdida de sus vidas.

Los gobernantes ─buenos y malos─ y los pueblos vienen y van. En realidad muy pocos permanecen. En contraste, la palabra de Dios perdura para siempre. La ley de Dios es lo único que puede sostener en alto al gobernante. La sabiduría requerida para gobernar ─ que no astucia─ sólo proviene de lo alto. Si no existe una relación estable y profunda con Dios, la sabiduría deja de fluir y la necedad ocupa su lugar. No nos sorprendamos, pues, de la vertiginosa manera con que algunos gobernantes están siendo confrontados por los pueblos que alguna vez quisieron ayudar y que hoy son considerados por ellos simples peones en un tablero de ajedrez para utilizarlos a su antojo y real gana. Todo tiene su tiempo y el juicio de Dios no se tarda. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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