La palabra de hoy 8 de abril de 2011


Tu justicia es como las altas montañas;
tus juicios, como el gran océano.
Tú, Señor, cuidas de hombres y animales;
Salmos 36:6

Hace ya cierto tiempo se ha venido presentando un fogoso debate entre ambientalistas e industrialistas por la manera como las actividades de los seres humanos estarían afectando el balance ecológico del planeta Tierra. De un lado están quienes piensan que la revolución industrial y tecnológica es el catalizador que acelerará lo que para ellos luce como una segura extinción de toda la vida que existe en el planeta. Del otro lado están los que piensan que quienes abogan por los derechos ambientales son unos ilusos y románticos panteístas, cuyas ideas se fundamente en la filosofía de la subcultura “Hippie”. Para complicar aún más el asunto y aprovechando que hay río revuelto, algunos teóricos del socialismo ─perdonen la redundancia─ ven en la revolución industrial y tecnológica un arma más del imperialismo para subyugar a los pueblos. Es evidente que en los extremos es muy difícil encontrar la verdad que ha sido maquillada y tapiada con multitud de argumentos ─algunos falsos, otros verdaderos─ de lado y lado. Mucho más ahora cuando el postmodernismo ha minado las fundaciones de la certeza y ha creado un mundo donde todo depende del cristal con que se mire. Ahora es más difícil discernir quien tiene la razón.

Como hijos de Dios debemos buscar la respuesta a estos dilemas en la revelación que Dios ha dado al hombre, con la obligada advertencia de que debemos cuidarnos de no matizar dicha revelación con nuestras opiniones previas, pues hay quienes utilizan el texto bíblico para justificar una u otra posición. Dios colocó a todos los animales de la tierra bajo el dominio del hombre. Por supuesto, esto no significa que el hombre tenga por misión acabar con la existencia de los animales o mostrar una conducta irresponsable al ejercer ese dominio. Del hombre se espera un manejo del asunto con criterios de mayordomía. Por otro lado, Dios cuida de hombres y animales. Dios tiene el control absoluto del universo y por mucho que el hombre se esfuerce por administrar la creación según un criterio u otro, al final siempre será el plan de Dios lo que se imponga Actuemos, pues con responsabilidad y dejemos que Dios siga haciendo la parte que le corresponde como conductor magistral de la orquesta sinfónica universal. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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