La palabra de hoy 17 de abril de 2011


En el crisol se prueba la plata
y en el horno se prueba el oro,
pero al corazón lo prueba el Señor.
Proverbios 17:3

El oro y la plata, desde los albores de la historia, han sido metales altamente estimados. Su belleza y maleabilidad los han hecho siempre los preferidos de todo el mundo y difícilmente podrá encontrarse una cultura donde estos dos metales no sean apreciados. Desde el punto de vista químico, estos dos metales son puros, es decir, no están combinados con otros elementos químicos y no reaccionan fácilmente con otros elementos para formar compuestos. Por esta misma razón, soportan muy bien el ataque de los ácidos o los álcalis fuertes por lo que también se les conoce como metales nobles. También por esa misma razón se pueden encontrar en la naturaleza en forma pura o elemental ─tal como la plata en las riqísimas minas de Zacatecas─ a diferencia de otros metales como el hierro, el cobre o el aluminio que hay que extraerlos de una mena o sea, un material metalífero. No obstante, en su forma natural pueden hallarse presentes algunas impurezas que sólo pueden ser extraídas mediante la fundición del metal. Cuando el metal es sometido a altas temperaturas se puede separar los materiales indeseables en forma de escoria la cual flota sobre el metal fundido y se puede retirar fácilmente.

Esta larga explicación es necesaria porque el corazón del hombre es muy parecido a estos dos nobles metales. Casi todo lo que se puede decir del oro y la plata aplica también para el corazón humano. Dios somete el corazón del hombre a grandes presiones y temperaturas mediante pruebas con las cuales logra eliminar la escoria que lo hace impuro. Por eso Moisés exhortó al pueblo de Israel después de que salieron de Egipto con estas palabras: «Recuerda que durante cuarenta años el Señor tu Dios te llevó por todo el camino del desierto, y te humilló y te puso a prueba para conocer lo que había en tu corazón y ver si cumplirías o no sus mandamientos.» También el salmista y rey David dijo: «Examíname, Señor; ¡ponme a prueba! purifica mis entrañas y mi corazón.» Entendamos, pues, que cuando nos enfrentamos a las pruebas y sentimos la furia del fuego sobre nuestra vida, nuestro corazón está siendo examinado y purificado para que cada vez se asemeje más al corazón de Dios. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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