La palabra de hoy 2 de mayo de 2011


El malvado hace alarde de su propia codicia;
alaba al ambicioso y menosprecia al Señor.
Salmos 10:3

Orgullo y maldad van de la mano. El uno conduce a la otra y viceversa. Ésto no debe sorprender a nadie puesto que el creador del mal  también ha sido el ser más orgulloso de la historia del universo. Sí, estamos hablando de ese ser que dijo querer subir hasta los cielos y levantar su trono por encima de las estrellas de Dios. El mismo que pretendió poder llegar a ser igual al Altísimo. Y miren que este individuo tenía muchas razones para autoengañarse como lo hizo. Sí, orgullo es engañarse a sí mismo. El era modelo de perfección, estaba lleno de sabiduría y de hermosura perfecta. Por cierto, ¿no son esas las cosas que más le preocupan al ser humano? Todos quieren ser más bellos y eso ha hecho millonarios a los cirujanos estéticos y a los dueños de las clínicas y hospitales donde ellos operan. Muchos quieren ser sabios y se gastan una fortuna acumulando títulos universitarios de postgrado con el fin de satisfacer una necesidad interna de autoafirmación. Algunos otros buscan el camino de la perfección en todo lo que hacen y por ello son conocidos como perfeccionistas. No es que eso sea algo malo, pero este tipo de individuos se convierte en un fastidio y una molestia para otros que no son como ellos y les toca tener que soportar su obsesión por lo perfecto. Como podemos observar, en todos estos caso el centro de atención es el propio ser o ego. No en vano Dios nos dice en su palabra que El Señor es excelso, pero toma en cuenta a los humildes y mira de lejos a los orgullosos.

Cuidémonos, pues, de dejarnos dominar por la arrogancia y la altivez o de lo contrario, estaremos imitando a aquel que fue expulsado del monte de Dios, fue arrojado por tierra y fue expuesto al ridículo. No creo que nadie quiera compartir ese deplorable destino. Escuchemos, imitemos y sigamos al Señor Jesús quien dijo que él era apacible y humilde corazón. Sólo en él encontraremos descanso para nuestra alma. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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