La palabra de hoy 3 de mayo de 2011


Ella es árbol de vida para quienes la abrazan;
¡dichosos los que la retienen!
Proverbios 3:18

Con relación a la sabiduría, las personas pueden ser clasificadas en cuatro grandes categorías. Dentro de la primera categoría que agrupa a quienes saben que saben, podemos hallar dos sub-grupos; los que sienten orgullo y altivez de pertenecer a esta categoría que son la gran mayoría ─y en realidad no son tan sabios como parecen ser─  y los verdaderamente sabios que son unos selectos pocos. El segundo grupo podría llamarse el de los socráticos, es decir, aquellos que coinciden con la posición del filósofo griego Sócrates quien acuñó la muy conocida frase que dice: “Sólo sé que no sé nada.” Aquí también podemos observar dos sub-grupos, los que están conscientes de que no saben nada pero continúan buscando alcanzar un nivel mayor de sabiduría y otro sub-grupo que aglomera los que no les importa saber que nada saben. Un tercer grupo consiste de aquellos que no saben que saben, es decir, tienen una gran sabiduría pero ésta no les ha servido para darse cuenta de que la poseen. Éstas son personas que usualmente se contentan con haber llegado hasta donde han llegado y no sienten ninguna motivación para profundizar en el conocimiento o aumentar su sabiduría. Finalmente, al fondo de la escala conseguimos a quienes no saben que no saben. Estas personas tienden a ser sumamente audaces y no les importa lanzar al aire cualquier estupidez porque nunca saben de qué están hablando. De éstos fue que el apóstol Pablo dijo: «El que cree que sabe algo, todavía no sabe como debiera saber.» ¿Sabes tú a cual categoría perteneces?

La verdadera sabiduría proviene de lo alto, de Dios. Por medio de ella es que logramos conocer el verdadero propósito de nuestras vidas y podemos poner en práctica los talentos que nos han sido confiados para bien de los demás. Ella es la fuente de la verdadera felicidad y también es más provechosa que las riquezas, que al fin de cuentas son pasajeras e inseguras. Sólo en ella podemos hallar la verdadera paz que perdura y a ella sólo la podremos hallar en el temor ─respeto y obediencia─ de Dios. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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