La palabra de hoy 4 de mayo de 2011


Tú eres fiel con quien es fiel,
e irreprochable con quien es irreprochable;
sincero eres con quien es sincero,
pero sagaz con el que es tramposo.
Salmos 18:25-26

Cada vez que nos toque hablar de los atributos de Dios debemos tener mucho cuidado de no tratar de definir las cosas desde el punto de vista estrictamente humano. Está claro que es muy difícil que podamos asumir otro tipo de enfoque pues no somos Dios. No obstante, cada vez que hacemos una afirmación con relación a él debemos abstraernos hasta donde nos permita nuestra capacidad de análisis para buscar una mejor comprensión acerca de nuestro Padre celestial. Es igual que cuando hay que tratar con un niño muy pequeño. Si un adulto trata de comunicarse con el niño usando lenguaje de adultos, por mucho que el adulto trate de explicar algunos temas al chico, el pequeño nunca podrá entender de forma cabal lo que el adulto le quiere transmitir. En el caso en particular que estamos analizando hoy nosotros somos el niño y Dios es el adulto. ¡Advertencia! Todo intento por describir a Dios será incompleto y infructuoso. Obviamente, Dios es más capaz y sabio que cualquier ser humano y puede encontrar una manera de romper la brecha comunicacional. En nuestro caso, Dios describe en su palabra situaciones conocidas por nosotros para que nuestras mentes limitadas puedan aproximarse un poco y logren entender algo de la realidad espiritual.

Para nosotros es fácil entender que si con nosotros alguien actúa de determinada manera nuestra respuesta puede ser a la recíproca, es decir, en correspondencia mutua con la actuación observada. Si nos hablan, les hablamos; si nos ignoran, los ignoramos; si nos agreden, los agredimos, etcétera. Dios nos da la libertad de establecer el tono de la conversación que tengamos con él. Si lo buscamos, él nos busca y si nos apartamos de él, él se aparta de nosotros. De nuevo, esto no es más que un imperfecto intento de describir a Dios, pero es una útil aproximación que nos permite vislumbrar, aunque sea tenuemente, su gloria. Busquemos, pues, a Dios en todo momento y podremos ver con seguridad que siempre lo encontraremos a nuestro lado, o mejor dicho, siempre nos encontraremos a su lado y veremos que él nunca nos ha abandonado. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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