La palabra de hoy 5 de mayo de 2011


Tú inspiras mi alabanza en la gran asamblea;
ante los que te temen cumpliré mis promesas.
 Comerán los pobres y se saciarán;
alabarán al Señor quienes lo buscan;
¡que su corazón viva para siempre!
Salmos 22:25-26

Cuando observamos detenidamente a la humanidad podemos darnos cuenta claramente de como el interés del ser humano está centrado exclusivamente en satisfacer sus propios deseos. La gente se inventa toda cantidad de cosas que hacer para ver si logra calmar esa ansia de llenar el vacío que todos saben existe en sus vidas. En esta área nos convertimos en una especie de Salomón corporativo porque todos podemos repetir con él que «me dediqué de lleno a explorar e investigar con sabiduría todo cuanto se hace bajo el cielo.» Donde sí dejamos de ser ese Salomón corporativo es cuando tenemos que llegar a una conclusión sobre lo investigado.Allí parece que las conclusiones, por demás obvias, de lo analizado no son de nuestro agrado y por eso las colocamos a un lado y nos mantenemos en nuestro afán de buscar  cuál es el propósito fundamental de todo esto. Aquí dejamos de demostrar el valor, la sabiduría y el arrojo de Salomón porque sentimos un profundo terror al encontrarnos de frente con la realidad espiritual. Salomón, muy consecuente consigo mismo, no rehuyó esa realidad y expresó: «Y he observado todo cuanto se hace en esta vida, y todo ello es absurdo, ¡es correr tras el viento!»

Todos los seres humanos tienen un libre albedrío. Todos decidimos por cuenta propia que hacer con nuestras vidas, que camino seguir y como comportarnos. Hasta cuando nos abstenemos de decidir, estamos decidiendo pues no hacer nada también es una decisión. Por más que intentemos asumir conductas y fachadas que nos distingan de los demás, en el fondo todos somos iguales, cortados por una misma tijera, con una misma naturaleza pecaminosa y con una sola necesidad de llenar el vacío que hay en nuestros corazones. Dos opciones se presentan a nuestro paso; ignorar la invitación que nos hace el Señor Jesucristo a aceptar su amorosa oferta de salvación o simplemente rendirnos a sus pies. Al final de todo, independientemente de si aceptamos o no su invitación, él reinará por siempre y su reino no tendrá fin. De nuestra decisión depende que nosotros pasemos esa eternidad junto a él o totalmente separados de su gloria. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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