La palabra de hoy 10 de mayo de 2011


A pesar de sus riquezas, no perduran los mortales;
al igual que las bestias, perecen.
Salmos 49:20

Hoy en día no hay cosa que sea más representativa del éxito personal que la abundancia de dinero y posesiones. Quienes logran acumular ingentes sumas en sus cuentas bancarias son admirados como personas importantes “Cuánto tienes, cuánto vales” nos ratifica la cultura popular haciéndose eco de la opinión general. Hasta algunos hijos de Dios han tomado la prosperidad (o ausencia de ella) como medida de la fe del creyente y por ende, como indicador de su progreso (o estancamiento) espiritual. «Si no tienes dinero es porque estás en pecado o porque tu fe es muy poca» nos aseguran estos apóstoles de la superfe y la prosperidad. Esta gran mentira de Satanás ha logrado penetrar extensos sectores del cristianismo y ha causado numerosos y dolorosos casos de frustración y confusión. Inclusive, muchos que no comulgan con las doctrinas de  prosperidad se sienten abatidos y derrotados porque no logran salir de sus deudas o porque no logran alcanzar el nivel de opulencia que ven a otros obtener con relativa facilidad. Larry Burkett, reconocido y prolífico autor cristiano, experto en consejería financiera acuñó el término “esclavitud financiera” para describir esta situación.

Las riquezas producen un falso sentido de estabilidad y seguridad que las convierte automáticamente en un ídolo. Es algo tan, pero tan personal que lo que una persona percibe como ingresos es considerado un tema tabú. La palabra de Dios que nos habla muchísimo acerca de la finanzas, nos dice que las riquezas son inciertas y por ello no debemos colocar nuestra esperanza en ellas sino en el autor de las riquezas. Las riquezas pertenecen a Dios y por mucho que nos esforcemos no las podremos alcanzar a menos que Dios así lo haya decidido. No perdamos, pues, nuestro tiempo persiguiendo tesoros. Recordemos lo que el apóstol Pablo les dijo a los corintios: «Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, de manera que siempre, en toda circunstancia, tengan todo lo necesario, y toda buena obra abunde en ustedes.» ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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