La palabra de hoy 15 de mayo de 2011


Que abunde el trigo en toda la tierra;
que ondeen los trigales en la cumbre de los montes.
Que el grano se dé como en el Líbano;
que abunden las gavillas como la hierba del campo.
Salmos 72:16

Científicos y expertos en el tema del manejo de las fuentes globales de alimentación coinciden en que, por varias razones que no analizaremos hoy, la cantidad de alimento disponible para sustentar la creciente población mundial va en franco y evidente descenso. Aún con el desarrollo de nuevas variedades genéticas de algunas especies vegetales y animales que pudieran aumentar el rendimiento por área de terreno utilizada ─avance tecnológico que ha sido ampliamente cuestionado─ la tendencia es que cada día disminuirá la disponibilidad de comestibles y por ende estos serán más costosos y más difíciles de adquirir. No es la primera vez que la humanidad se ha visto amenazada por cambios climáticos, sequías, inundaciones y las consecuentes hambrunas. La naturaleza tiene sus propios mecanismos establecidos por su Creador para controlar estos desequilibrios y regresar las cosas a un estado sostenible. Aún así, científicos y expertos en el tema quisieran tener a su alcance una respuesta o una manera de poder controlar estos vaivenes que les permitan evitar las tragedias y desastres que normalmente acompañan a estos trastornos naturales. A su manera, ellos hacen uso de la esperanza ─esperanza en sus propias habilidades─ como herramienta para mantenerse firmes en el camino al hallazgo de una solución tecnológica.

El mundo podrá avanzar mucho en el terreno tecnológico pero la solución no se encuentra allí sino en el ambiente espiritual. La promesa de Dios es que llegará un día cuando todas nuestras angustias, dolores, dificultades, malestares, enfermedades y tristezas quedarán atrás. Los hijos de Dios vamos hacia adelante con la clara esperanza de que ese día llegará sin falta pues así Dios lo ha prometido. En ese día, la nueva creación será estable y exuberante y toda especie vegetal dará fruto doce veces al año, cosa que ni los científicos siquiera sueñan con poder alcanzar. Está bien que se siga investigando científicamente como mejorar el rendimiento de las materias primas necesarias para mantener a la humanidad adecuadamente alimentada pero la esperanza no debe ser colocada en la ciencia sino en el Creador del universo y Autor y Fiel Cumplidor de las promesas que pronto verán su realización. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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