La palabra de Dios 16 de mayo de 2011


No cumplieron con el pacto de Dios,
sino que se negaron a seguir sus enseñanzas.
Echaron al olvido sus proezas,
las maravillas que les había mostrado,
los milagros que hizo a la vista de sus padres
 en la tierra de Egipto, en la región de Zoán.
Salmos 78:10-12

Uno de los problemas de la naturaleza pecaminosa es la memoria selectiva. Somos excesivamente selectivos para recordar las cosas y algunas cosas que nos convendría mantener en la memoria las olvidamos por completo. Todo esto de acuerdo a lo que pensamos es lo más conveniente para nosotros. Y ese es otro problema. La naturaleza pecaminosa no nos permite discernir con propiedad que es lo que nos conviene y que es lo que no nos conviene. A diario tomamos decisiones que, de acuerdo a nuestro limitado criterio, consideramos que son convenientes para nosotros y en realidad no lo son. Nuestro sentido de la orientación es muy deficiente en este aspecto, de aquí que a cada rato veamos como vidas y familias son afectadas muy negativamente por malas resoluciones tomadas con criterios completamente errados. El orgullo, la rebeldía, la desobediencia, la mentira y el pecado en general distorsionan por completo la dirección que debemos tomar para mantener una conducta que sea de provecho para nosotros y para nuestros seres queridos.

No nos debe sorprender, pues, que muchas veces nos veamos rodeados de pruebas y tribulaciones, las cuales son permitidas por nuestro Padre celestial para que mantengamos nuestra memoria fresca y no nos olvidemos de las grandes cosas que él ha hecho y hace por nosotros. Dios ha hecho un pacto con su pueblo. Este pacto no es algo que nosotros merecíamos tener. No obstante, debido a su maravillosa gracia y por el amor que él nos tiene, hemos sido incluidos bajo su cobertura. Miremos con atención y con frecuencia los relatos disponibles en la palabra de Dios para que siempre los tengamos presentes y nunca nos olvidemos de que Dios es el dador de todo bien y de que Jesucristo es el iniciador y perfeccionador de nuestra fe. Que nuestra oración sea: “Alaba, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios.” ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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