La palabra de hoy 23 de mayo de 2011


Hijo mío, si tu corazón es sabio,
 también mi corazón se regocijará;
 en lo íntimo de mi ser me alegraré
cuando tus labios hablen con rectitud.
Proverbios 23:15-16

La sabiduría y la justicia siempre traen consigo una compañera: la felicidad. Las personas sabias y justas nunca se ven envueltas en los graves problemas que los insensatos y los ignorantes atraen hacia ellos por su necia manera de actuar. El hombre sabio y justo no toma decisiones a la ligera sino que sopesa bien todas las opciones y todas las vías de acción que están frente a él. Después de haber analizado cuidadosamente todas las opciones a la luz de la palabra de Dios, habiendo también consultado con Dios por medio de la oración, toma la decisión que considera más acertada porque se adhiere a los principios de vida que el Señor Jesús ha dejado para nosotros. El Espíritu Santo se encarga de guiar nuestro análisis y también de comunicar nuestras necesidades al Padre de tal manera que todo paso del proceso de toma de decisiones garantice alineación con los planes perfectos que nuestro Dios y Señor ha preparado para nosotros y para su creación. El hombre sabio y justo entiende que él no es el centro del universo y que su campo de acción tiene límites establecidos por Dios y que mantenerse dentro de esos límites le garantiza el éxito de su plan.

Miremos con detalle nuestras decisiones y en caso de duda, no nos olvidemos del principio ético fundamental que el Señor Jesús nos enseñó y que se conoce como la Regla de Oro, es decir: “Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas.” De esta manera nuestras acciones serán motivo de alegría no sólo para nuestros seres más cercanos y queridos sino también para los demás, especialmente para aquellos que también buscan el reino de Dios y su justicia. Pongamos, pues, los intereses del reino por encima de nuestros propios intereses y busquemos que nuestras acciones sean motivo de alegría para nuestro Padre y para quienes lo aman. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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