La palabra de hoy 4 de julio de 2011


Es él quien me arma de valor
y endereza mi camino;
da a mis pies la ligereza del venado,
y me mantiene firme en las alturas;
adiestra mis manos para la batalla,
y mis brazos para tensar arcos de bronce.
Salmos 18:32-34

Son muchas las expresiones que se encuentran en la palabra de Dios que comparan nuestro diario vivir con un conflicto bélico. Ciertamente a diario nos vemos envueltos en situaciones adversas que son el resultado de los ataques de alguno de nuestros enemigos, incluyendo nuestra propia carne o naturaleza pecaminosa. Nuestra familia se encuentran bajo un intenso fuego de artillería cuyo único propósito es dividirnos y hacernos pelear los unos contra los otros. Estamos en medio del campo de una batalla que afortunadamente le pertenece al Señor y por definición ya está ganada. Pero los enemigos no piensan reconocer que han sido vencidos y seguirán atacando a todos los que estén del lado del Señor mientras que Dios se los permita. Muchos pudieran preguntarse por qué el Señor no le pone punto final a este largo conflicto que ha afectado a la humanidad desde la época de nuestros primeros padres. La duración y participación de la tropa en el conflicto forman parte del perfecto plan de Dios y las hostilidades sólo culminarán cuando Dios considere que el plan se ha logrado llevar a cabo y se han alcanzado los objetivos. Mientras tanto, como tropa que somos en este combate, el Señor nos prepara y nos capacita para que podamos entrar en batalla y salir airosos del encuentro.

Entre muchas otras cosas con las que Dios nos capacita para entrar en batalla tenemos: valor, ligereza, firmeza, adiestramiento y fuerza tal como nos dice el rey David en esta porción del Salmo 18. Todas estas características nos permiten enfrentar al conflicto con una tranquilizadora sensación de confianza, no en nuestras propias fuerzas sino en la fuerza que nos da el Señor.  Si sabemos que contamos con estas capacidades y las aplicamos en el campo de batalla, nuestro avance espiritual será más sólido y permanente como el de fogueados guerreros. Gracias a Dios porque la batalla le pertenece a él y formamos parte del ejército vencedor. Gracias a Dios porque él nos capacita para que podamos salir airoso de los numerosos conflictos en los que nos veremos envueltos a diario hasta que el Señor mande tocar las trompetas de plata labrada que indicarán que se ha alcanzado la victoria final. ¿Sólo a Dios sea la gloria!

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