La palabra de hoy 8 de julio de 2011


Mis maldades me abruman,
son una carga demasiado pesada.
Por causa de mi insensatez
 mis llagas hieden y supuran.
Estoy agobiado, del todo abatido;
todo el día ando acongojado.
Salmos 38:4-6

Los ciudadanos pudientes del imperio romano tenían a su disposición una técnica para quitarse la vida  de manera lenta y casi indolora. Ellos lograban su macabro propósito de abandonar este mundo de manera pausada e imperceptible. No vamos a discutir los detalles de dicha técnica porque no viene ahora al caso . Lo que sí es importante es que cuando pecamos, nuestro cuerpo se va sumergiendo lentamente en un estado de sopor que nos impide darnos cuenta de la caída que estamos experimentando. Los cambios en nuestro organismo son tan lentos que no podemos darnos cuenta de que están ocurriendo hasta que nosotros alcanzamos un estado de deterioro tal que las consecuencias se convierten en una pesada carga.

Popularmente se dice que “El hombre es un animal de costumbre.” Los hábitos y la costumbres producen en nosotros una sensación de seguridad que nos tranquiliza. El problemas se presenta cuando el hábito o la costumbre están asociados a una práctica pecaminosa. Si practicamos el pecado en alguna de sus formas de manera rutinaria no podremos darnos cuenta del impacto negativo que dicha práctica está causando sobre nosotros. Nuestro corazón se endurece hasta volverse piedra y nuestra conciencia se adormece hasta sumergirse en un profundo sueño. Al Espíritu Santo de Dios lo desplazamos y le vamos reclamando y quitando poco a poco el control de nuestras vidas hasta relegarlo al papel de ser un simple adorno espiritual. Y es entonces cuando comienzan los ayes y los dolores. Es entonces cuando nos sentimos agobiados, abrumados, abatidos y acongojados porque la salud se ha alejado de nosotros.

No toda enfermedad o dolencia es producto del pecado; por eso es importante que nos analicemos a nosotros mismos y le permitamos al Espíritu Santo que cumpla en nuestras vidas su acción redarguyente para determinar que conducta debemos cambiar para no seguir en ese lento proceso de fallecimiento. La única salida disponible y efectiva para superar esta dolorosa situación es acudir a los amorosos brazos de nuestro Señor Jesucristo. Él nos puede liberar del hábito del pecado y colocarnos en el camino de la justicia y la sanidad. Permítele al Espíritu Santo que te indique dónde has fallado y lleva tus faltas al trono de la gracia de Dios. Cristo es el único camino para alcanzar la vitalidad espiritual. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

 

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