La palabra de hoy 13 de julio de 2011


El que refrena su lengua protege su vida,
pero el ligero de labios provoca su ruina.
Proverbios 13:3

Hay muchas maneras en que la lengua puede meterlo a uno en problemas. Hay quienes les gusta hablar tanto que no pueden quedarse callados bajo ninguna circunstancia y terminan diciendo puros disparates que de paso nadie está interesado en escuchar. Esos son los majaderos. A veces, hasta se necesita que un monarca  los ponga en su lugar y los mande a callar. Otros tienen una lengua envenenada que solo profiere insultos y maldiciones que sólo pueden provenir de un corazón controlado por el diablo. También están aquellos a quienes nada les parece bien y lo único que saben hacer es quejarse por todo y por nada. También tenemos a los que son incapaces de pronunciar una expresión de agradecimiento sino sólo saben demandar y exigir. Hay quienes han hecho de la mentira un arte, si es que al engaño se le puede llamar así. Con pasmosa habilidad logran convencer al más escéptico pero siempre a costa de patrañas y embustes. No podemos dejar a un lado a los que siempre tienen una excusa a flor de labios para justificar que no han hecho nada, sea por incapacidad o por flojera. Y qué decir de quienes poseen una lengua traicionera y son capaces de vender los secretos, hasta los de su propio hermano. Como podemos ver, hay muchas formas en que la lengua puede meternos en aprietos. No las mencionamos todas por razones de espacio.

¿Te has visto en alguna oportunidad formando parte de alguno o varios de los grupos antes descritos? ¿Es alguno de estos comportamientos un problema que estás viviendo actualmente? Una lengua descontrolada es capaz de hacer mucho daño. Santiago, el hermano del Señor Jesús escribió: “Así también la lengua es un miembro muy pequeño del cuerpo, pero hace alarde de grandes hazañas. ¡Imagínense qué gran bosque se incendia con tan pequeña chispa! También la lengua es un fuego, un mundo de maldad. Siendo uno de nuestros órganos, contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, prende a su vez fuego a todo el curso de la vida.” y “nadie puede domar la lengua. Es un mal irrefrenable, lleno de veneno mortal.” Antes de decir nada, consideremos bien lo que vamos a decir para evitar pronunciar palabras indebidas. Así, nos cuidaremos de no hacer daño a nuestro prójimo y también nos estaremos protegiendo a nosotros mismos. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

 

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