La palabra de hoy 16 de julio de 2011


Partió el mar en dos para que ellos lo cruzaran,
mientras mantenía las aguas firmes como un muro.
De día los guió con una nube,
y toda la noche con luz de fuego.
En el desierto partió en dos las rocas,
y les dio a beber torrentes de aguas;
hizo que brotaran arroyos de la peña
y que las aguas fluyeran como ríos.
Salmos 78:13-16

Es impresionante la manera como la gracia de Dios estuvo presente sobre el pueblo de Israel antes de que Moisés recibiera la ley de manos de Dios. El pueblo necio e ingrato no terminaba de entender la maravillosa liberación que habían logrado obtener mediante la intervención de Dios en los asuntos egipcios. Ellos no habían hecho nada particularmente significativo para ganarse el privilegio de ser conducidos de día por una columna de nube y de noche por una columna de fuego. Cuando se vieron de frente al formidable obstáculo del Mar Rojo y vieron que los egipcios les estaban pisando los talones, se dejaron vencer por el miedo y terminaron cayendo en reclamos y protestas contra Moisés por haberlos liberados de la esclavitud. Ellos no merecían que las aguas del mar se hubiesen separado en dos para dejarles el paso libre hacia la libertad. Aún así, Dios mostró su gracia hacia este rebelde pueblo.

Más adelante, cuando llegaron a Refidín, los hebreos comenzaron a quejarse de que por esa zona no había agua para que ellos y su bestias pudieran saciar su sed. Por instrucciones de Dios, Moisés junto con algunos ancianos de Israel se adelantó hasta un lugar aún más seco y desolado: Monte Horeb. Allí el Señor volvió a mostrar su gracia a un pueblo inconforme y murmurador produciendo agua cristalina de una roca árida. El pueblo que salió de Egipto y sus descendientes nunca pudieron entender la gracia de Dios por lo cual la rechazaron y él tuvo que asignarles un guía para que los condujera a Cristo. No fue sino hasta que Cristo se reveló al mundo que ellos pudieron salir del encierro y prisión que significaba la ley.

Hoy día hay muchas personas que tampoco entienden el concepto de gracia y se refugian en la ley o en un legalismo personal que los mantiene atados y les impide progresar en el camino hacia la madurez espiritual en Cristo. Como a los torpes gálatas, habiendo comenzado con el Espíritu pretenden ahora perfeccionarse con esfuerzos humanos. Pongamos nuestra mirada en nuestro Señor Jesucristo. Apoyémonos en su gracia y misericordia. Dejémonos envolver por su amor y así podremos liberarnos de la esclavitud que significa creer que la justicia puede alcanzarse por medio de la ley. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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