La palabra de hoy 21 de julio de 2011


Tú pusiste la tierra sobre sus cimientos,
y de allí jamás se moverá;
 la revestiste con el mar,
y las aguas se detuvieron sobre los montes.
Salmos 104:5-6

Los avances científicos y tecnológicos son difíciles de ignorar. Cada día que pasa surge una nueva aplicación tecnológica destinada a mejorar nuestra salud o  nuestro bienestar. Millones de euros y dólares se gastan diariamente en la investigación científica y las empresas que se dedican a esta investigación generan cuantiosas fortunas a sus propietarios. De allí que la ciencia tenga un gran prestigio como generadora de bienestar y progreso hasta el punto de que la ciencia ha desplazado a la fe en muchos ámbitos del conocimiento. Si bien los ámbitos de aplicación son diferentes, muchos han utilizado a la ciencia para descalificar a la fe. Es algo así como que un experto en Historia de la Revolución Francesa pretenda cuestionar lo que se conoce acerca de la Fisiología Celular  y viceversa. La ciencia trata con lo que se puede ver y con lo que se puede palpar y medir. La fe trata con las cosas que no se ven y que físicamente no se pueden medir. En algunos puntos estas dos áreas de estudio se solapan y es allí donde surgen las más acaloradas discusiones entre creyentes y científicos. Ambos tratan de reclamar ese pequeño territorio común para sí.

Uno de estos puntos de solapamiento se encuentra en el estudio de los orígenes del universo, de la vida y de nuestro planeta. La gran mayoría de los científicos ha rechazado a priori la opción de que en el proceso de creación de todo lo que hoy podemos observar haya intervenido la mano de Dios. Con arrogancia enarbolan y esgrimen sus siempre cambiantes teorías, las cuales manejan como ciertas a pesar de que casi todas ellas han resultado ser defectuosas. Cuando esto sucede, simplemente sustituyen la inexacta teoría por una nueva, la cual les servirá para mantenerse ocupados hasta que ésta también se demuestre como falsa. La palabra de Dios por su parte es consistente y confiable. Las promesas de Dios se cumplen y no necesitan ser cambiadas por otras promesas. Dios es fiel y su palabra es digna de confianza. Ésto es algo que la ciencia jamás podrá alcanzar. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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