La palabra de hoy 24 de julio de 2011


SEÑOR, ¡danos la salvación!
SEÑOR, ¡concédenos la victoria!
Bendito el que viene en el nombre del SEÑOR.
Desde la casa del SEÑOR los bendecimos.
El SEÑOR es Dios y nos ilumina.
Únanse a la procesión portando
Ramas en la mano
Hasta los cuernos del altar.
Salmos 118:25-27

Algunas versiones de la Biblia utilizan el nombre Jehová para referirse a Dios. Este nombre proviene de la combinación del Tetragrámaton “YHWH” con las vocales de la palabra hebrea Adonai, que significa Señor. Esto es así porque los judíos practicantes consideran el nombre de Dios tan sagrado que no debe pronunciarse con nuestros labios impuros. De allí que cada vez que en la lectura de las Escrituras se topan con el Tetragrámaton leen Adonai (es decir, Señor). El nombre Jehová es tan sólo una de varias maneras de pronunciar el Tetragrámaton YHWH. Hay quienes piensan que la pronunciación más aproximada a la realidad es la palabra Yahweh. Pero de ninguna de las formas de pronunciar arribas descritas podemos estar seguros pues nadie sabe como llegó alguna vez a pronunciarse dicha palabra. Para de alguna manera solucionar esta ambigüedad, recientemente algunos traductores han optado por utilizar la palabra SEÑOR (todo con mayúsculas) para traducir el vocablo YHWH.

No hay que hacer de esto una polémica como ha ocurrido en algunos círculos de creyentes que han enarbolado la bandera de defender algunas versiones específicas de la Biblia como las únicas versiones válidas de la palabra de Dios. Lo importante es que cada vez que mencionemos el nombre del Señor lo hagamos con toda la reverencia posible y siempre reconociendo el hecho de que precisamente Dios es Señor del universo y de nuestras vidas. Parte del problema de hacérsenos difícil mantener una sólida y constante relación con Dios es que hacemos de la oración una rutina y nuestras palabras al momento de comunicarnos con Dios terminan convirtiéndose en meras repeticiones y muletillas que pronunciamos como para llenar espacios y hacer más fluida nuestra conversación. Dejemos que sea nuestro espíritu por medio de nuestro corazón y no nuestra mente quien dirija nuestras palabras cuando estemos hablando con Dios. Así seremos más sinceros y genuinos. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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