La palabra de hoy 15 de agosto de 2011


Que su nombre perdure para siempre;
que su fama permanezca como el sol.
Que en su nombre las naciones
se bendigan unas a otras;
que todas ellas lo proclamen dichoso.
Salmos 72:17

Dado el pobre y complicado estado en que están las cosas mucha gente está deseando que todo ésto acabe y llegue de una vez por todas la época de oro que será el milenio. Y el tiempo de que esto ocurra está muy cerca aunque nunca podremos establecer la fecha exacta porque “en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.”[1] En ese tiempo el mundo disfrutará una paz como la que nunca tuvo excepto antes de la caída del hombre. Para comenzar, el enemigo de Dios y de la humanidad estará atado durante mil años con pesadas cadenas que le impedirán hacer lo que mejor sabe hacer: engañar y destruir. Tal como lo pudo observar el profeta Zacarías: “Habrá paz cuando se siembre, y las vides darán su fruto; la tierra producirá sus cosechas y el cielo enviará su rocío. Todo esto se lo daré como herencia al remanente de este pueblo. ¡Qué bueno y hermoso será todo ello! El trigo dará nuevos bríos a los jóvenes, y el mosto alegrará a las muchachas.”[2]

Pero para que la humanidad pueda disfrutar de esta incomparable bendición deberá antes declarar a Jesucristo como Señor y Salvador de sus vidas, algo a lo que muchos se oponen por temor e ignorancia o por simple escepticismo. La gente está tan acostumbrada a ser engañada en todo que duda de la verdad y cree a pies juntillas y con pasmosa facilidad toda mentira. Y esto se entiende pues son esclavos de ella. Llevemos a todas las partes que estén a nuestro alcance el glorioso mensaje del evangelio de Dios. Por mucho que lo intente, la gente no podrá entrar en esta era de paz y felicidad si no lo hace por medio del Señor Jesús y aunque muchos han oído hablar de él, pocos son quienes han tenido un encuentro personal, cara a cara y corazón a corazón con él. Compartamos este mensaje de esperanza con todos los que podamos para que ellos también tengan su oportunidad de entrar en el reino milenial. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

[1] Mateo 24:36
[2] Zacarías 8:12 y 9:17
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