La palabra de hoy 30 de agosto de 2011


Hay quienes tienen espadas por dientes
y cuchillos por mandíbulas;
para devorar a los pobres de la tierra
y a los menesterosos de este mundo.
Proverbios 30:14

El orgullo y la codicia son malos consejeros. Hay personas que se dejan arrastrar por la negativa influencia de estas dos pasiones y terminan convirtiéndose en los más despiadados y despreciables seres que la raza humana haya podido engendrar. Su filosofía es una de las grandes mentiras que sustentan la teoría de la evolución ─aquella que habla de la supervivencia del más apto. Con esa gran mentira lo que han logrado quienes promueven estas ideas es que todos los seres humanos se consideren unos a otros como feroces competidores por los recursos disponibles haciendo de nuestra existencia una constante y feroz batalla por la supervivencia. En vez de mirar a los desposeídos como seres que necesitan de nuestra compasión y nuestra ayuda, los vemos como un estorbo que distrae y muchas veces acapara lo que pensamos que nos corresponde a nosotros poseer, quién sabe bajo cual pretexto. Estos seres despiadados, cuyo placer es enriquecerse a costillas de los más necesitados, se comportan cual fieras depredadoras posicionadas en lo más alto de la cadena alimentaria.

La palabra de Dios nos enseña algo diametralmente opuesto a estas ideas violentas y destructivas. El ejemplo de nuestro Señor Jesucristo es el amor y no cualquier clase de amor. El amor del que nos habla el Señor es un amor tan perfecto que nos dispone hasta a entregar la vida por nuestros amigos. Cuando un fariseo experto en la ley quiso montarle una trampa a Jesús le preguntó “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?” El Señor Jesús le respondió: «”Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente.” Éste es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a éste: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.» [1] Nuestra relación con Dios y nuestra relación con los hombres debe estar fundamentada en el amor. Ésta es la única forma en que estaremos apegados a la ley de Dios. Dejemos ya de destruirnos unos a otros. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

[1] Mateo 22:34-40
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