La palabra de hoy 11 de septiembre de 2011


La justicia libra a los justos,
pero la codicia atrapa a los falsos.
Proverbios 11:6

La codicia es la respuesta del hombre cuando cede a las tentaciones que le presenta el mundo. Ella resulta de un profundo sentimiento de inconformidad con lo que Dios nos ha dado. A causa de nuestro orgullo creemos que merecemos más de lo que hemos recibido. De hecho, pensamos que nos merecemos tener todo lo que nuestros corazones deseen sin trabas ni límites. Reclamamos y murmuramos porque pensamos que Dios nos ha defraudado y nos está dando de menos. Por supuesto que está posición pretende colocarnos de tú a tú con Dios, lo cual además de ser imposible es altamente irrespetuoso porque ignora la obediencia y el respeto que le debemos tener a él por su majestad y autoridad. La codicia nunca puede ser satisfecha. Cuando logramos obtener algo ya lo que hemos alcanzado deja de ser atractivo y deseamos tener aún más. El sabio rey Salomón lo expresó de esta manera: “Quien ama el dinero, de dinero no se sacia. Quien ama las riquezas nunca tiene suficiente. ¡También esto es absurdo!” La ley de Dios también es muy clara al respecto: “»No codicies la casa de tu prójimo: No codicies su esposa, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su burro, ni nada que le pertenezca.»”

El apóstol Pablo dijo que él había aprendido a estar satisfecho en cualquier situación en que se encontrase: “Sé lo que es vivir en la pobreza, y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” Por cierto que este último versículo es tomado fuera de contexto por muchos, pero eso es tema para otro día. Lo importante aquí es que el control y dominio sobre la codicia es algo que se aprende. Dios se encarga, por medio de su Espíritu Santo de transformar nuestras vidas y uno de los aspectos que tiene para cambiar es precisamente éste de la codicia. Así que no actuemos tercamente sino aprendamos la lección que Dios nos enseña de vivir satisfechos con sea lo que sea que tengamos. Aprendamos a depender de él y sólo de él. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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