La palabra de hoy 16 de septiembre de 2011


Murmuraron contra Dios, y aun dijeron:
«¿Podrá Dios tendernos una mesa en el desierto?
Cuando golpeó la roca,
el agua brotó en torrentes;
pero ¿podrá también darnos de comer?,
¿podrá proveerle carne a su pueblo?»
Salmos 78:19-20

Aunque no nos guste admitirlo, son más los momentos que pasamos dudando de Dios que los que vivimos creyendo en él. Conocemos perfectamente cuáles son las promesas que Dios nos ha ofrecido pero en realidad no estamos muy seguros de cuándo se van a cumplir o de si se van a cumplir o no. Cuando vemos que alguna de las promesas de Dios no se está haciendo realidad en nuestra vida nos preguntamos: ¿Será que esa promesa no es para mí? ¿Será que estoy haciendo algo malo que impide que esa promesa se cumpla? ¿Se habrá olvidado Dios de que existo? ¿Podrá realmente Dios llevar a cabo esas maravillosas cosas que ha prometido? y muchas otras preguntas por el estilo. Así como la fe agrada a Dios, lo contrario, la duda desagrada a Dios. Debemos darnos cuenta de que la responsabilidad de creer nos corresponde a nosotros y no podemos esperar bendiciones y resultados sin antes haber cumplido con nuestra parte del proceso ejerciendo nuestra fe en forma cabal. Santiago, el hermano del Señor Jesús, lo expuso de esta manera: “Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios, y él se la dará, pues Dios da a todos generosamente sin menospreciar a nadie. Pero que pida con fe, sin dudar, porque quien duda es como las olas del mar, agitadas y llevadas de un lado a otro por el viento. Quien es así no piense que va a recibir cosa alguna del Señor; es indeciso e inconstante en todo lo que hace.” [1]

En las cuestiones de fe es necesaria la paciencia para no darle entrada a la duda que nuestro enemigo intentará sembrar en nuestra mente. En todo caso, por la gracia, el plan de Dios se cumplirá a pesar de nuestras dudas y murmuraciones, pero es preferible que tengamos fe pues los más beneficiados de haber ejercido la fe somos nosotros mismos, aún si la promesa no se cumple mientras vivimos en este mundo. Basta ya de dudas y murmuraciones. ¡Tengamos fe! ¡Sólo a Dios sea la gloria!

[1] Santiago 1:5-8
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