La palabra de hoy 21 de septiembre de 2011


Pero tú eres siempre el mismo,
y tus años no tienen fin.
Salmos 102:27

Dado que formamos parte de la creación todos los seres humanos están circunscritos al tiempo y al espacio. El tiempo es algo que no podemos alterar. No podemos hacer que transcurra más rápido o más lento, es decir, no tenemos ningún tipo de control o dominio sobre él. Tampoco podemos escaparnos de su influencia. Todos estamos sujetos a su avance y por más que queramos dar marcha atrás lo que ya sucedió no lo podemos cambiar. El sabio rey Salomón lo dijo de esta manera: “Ni se puede enderezar lo torcido, ni se puede contar lo que falta.” [1] Y esta limitación temporal es la que nos hace tan difícil entender el concepto de eternidad. Dios es eterno porque el no está sujeto al paso del tiempo. Él existe fuera del dominio y del paso del tiempo.

Al estar Dios fuera y por encima de ese dominio, él puede observar perfectamente todo lo que ha pasado , todo lo que sucede ahora y todo lo que ocurrirá en el futuro. Yo me imagino que Dios observa la creación más o menos de la misma manera que nosotros vemos una representación cronológica de determinados eventos históricos. Nosotros podemos ver lo que ocurrió antes del evento y todo aquello que influyó para que el evento se diera. También podemos ver que otros eventos ocurrieron paralelamente al evento en cuestión y, por último podemos observar los hechos que derivaron de el evento bajo estudio. Delante de nuestros ojos estarían el pasado, el presente (momento en que ocurrió el evento) y el futuro, es decir las cosas que ocurrirían después. por supuesto, ésto es sólo una ilustración y de ninguna manera se pretende declarar como un hecho que esta es la manera como Dios percibe las cosas. Tampoco podemos saber que se siente no estar limitado a las leyes del tiempo.

En todo caso, Dios es eterno. Él no tuvo comienzo ni tiene final. Siempre ha existido y siempre existirá. Él tiene todo el poder y toda la majestad sobre su creación. Algún día no muy lejano, los cielos desaparecerán y quienes hayamos colocado nuestra confianza en Dios podremos ver un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habrán dejado de existir, lo mismo que el mar. Lo único que permanece es Dios y sus promesas, las cuales nunca fallarán. Maravillémonos al considerar este atributo de Dios y descansemos en su poder y eternidad. Esperemos con paciencia ese momento donde estaremos en su presencia por los siglos de los siglos. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

[1] Eclesiastés 1:15
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