La palabra de hoy 22 de septiembre de 2011


Pero Finés se levantó e hizo justicia,
y la plaga se detuvo.
Esto se le acreditó como un acto de justicia
para siempre, por todas las generaciones.
Salmos 106:30-31

Muchas veces, la apatía y el egoísmo paralizan nuestra acción. Al igual que el sacerdote y el levita de la conocida parábola del buen samaritano, nos desviamos y seguimos de largo sin detenernos cuando vemos, tirado en el camino, el cuerpo maltratado del hombre de Jerusalén que fue asaltado y golpeado por los ladrones. Nosotros no podemos mantenernos indiferentes a los diversos males que se practican en el mundo. Nuestra sociedad está siendo atacada con furia y desde todo ángulo por las fuerzas del mal y es necesario que alcemos nuestra voz para denunciar aquellos hechos que atentan contra la vida, la familia y nuestras creencias. Cada día que pasa el activismo de los grupos que se oponen al cristianismo se torna más violento e intransigente. Como hijos de Dios es natural y normal que recibamos ciertos ataques dirigidos por ya sabemos quién.  Pero eso no significa que debemos mantenernos callados ante la proliferación de la injusticia. Nuestro compromiso es decir la verdad, eso sí con mucho tacto,  pero siempre la verdad.

No hace falta transitar el camino de Jerusalén a Jericó para conseguirnos con nuestro prójimo. En todos lados podremos encontrarnos con la triste realidad del sufrimiento y el abandono. Esa, lamentablemente, es la naturaleza del mundo donde vivimos. Nuestra respuesta debe ser actuar con el amor que el Espíritu Santo ha derramado en nuestros corazones y darle una mano a quienes han sido golpeados por la adversidad y quizá están sufriendo las consecuencias de sus propios errores. Sin asumir una actitud de juicio debemos disponernos a prestar la ayuda que se nos requiere para de esta manera imitar el ejemplo de compasión y amor que nos dejó nuestro Señor Jesucristo. Nuestras acciones en este respecto serán consideradas por Dios como un acto de justicia. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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