La palabra de hoy 5 de octubre de 2011


Como agua he sido derramado;
dislocados están todos mis huesos.
Mi corazón se ha vuelto como cera,
y se derrite en mis entrañas.
Salmos 22:14

Muy probablemente ni se imaginaba el rey David que cuando estaba componiendo esta porción de la palabra que hoy conocemos como el Salmo 22 se estaba refiriendo al Mesías que había de venir a liberar al pueblo de Israel mil años después. De la lectura del pasaje es evidente que David estaba atravesando una situación harto difícil la cual sólo pudo describir por medio de los poco comunes términos utilizados para referirse a su sufrimiento. Que los sufrimientos que Cristo padeció a manos de los soldados romanos fueron terribles, eso nadie lo discute, pero sí discrepamos de la importancia que algunas corrientes doctrinales le adjudican a esos sufrimientos en la obra redentora de nuestro Señor. Aparte de servir de prueba del cumplimiento de varias de la profecías mesiánicas, lo más importante de la muerte de Jesucristo es que quien fue sacrificado era absolutamente inocente de cualquier crimen que se le haya querido imputar o de cualquier otro delito posible. El cumplimiento de las demandas de la ley sólo podía lograrse si la víctima era totalmente pura, sin mancha y sin defectos. Todo el peso de la justicia cayó sobre los hombros de quien nunca conoció en su cuerpo o en su espíritu lo que significaba cometer un error o quebrantar un mandamiento divino. El verdadero sufrimiento del Hijo de Dios ocurrió en el momento que fue separado del Padre para poder llevar sobre sí toda la horrorosa carga de la desobediencia humana. Ese fue el momento más oscuro de la eternidad.

A algunos de los hijos de Dios les ha tocado tener que atravesar largos períodos de sufrimiento y dolor, los cuales en su caso particular tienen una razón de ser y ocurren con el propósito específico de llevar a cabo el proceso de transformación de nuestra alma para que cada día podamos parecernos más a Cristo. En todo caso, la recompensa que nos aguarda y que recibiremos cuando estemos en la presencia de Dios sobrepasa con creces cualquier molestia o sufrimiento que tengamos que soportar mientras cumplimos con la peregrinación de esta vida terrenal. Aguardemos con esperanza ese maravillosos momento cuando nuestros dolores y enfermedades dejará de ser para dar paso al gozo y el bienestar de habitar en la gloriosa presencia de Dios por la eternidad. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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