La palabra de hoy 16 de octubre de 2011


Cuando el Señor oyó esto, se puso muy furioso;
su enojo se encendió contra Jacob,
su ira ardió contra Israel.
Porque no confiaron en Dios,
ni creyeron que él los salvaría.
Salmos 78:21-22

Nuestra humana incapacidad para comprender a Dios ha llevado a muchos a concluir erróneamente que el Dios que se describe en el Antiguo Testamento es totalmente diferente al Dios del Nuevo Testamento. Las restricciones y limitaciones que todos tenemos para entender que Dios está mucho más allá de lo que nos permite comprender nuestros razonamientos ha llevado a muchos a caer en discusiones estériles y en posiciones doctrinales reñidas con la ortodoxia. Nuestro manejo de los conceptos de amor y misericordia impide que podamos encontrar la reconciliación de ellos con los conceptos de justicia y verdad. Nos preguntamos constantemente ¿Cómo es posible que Dios sea amor y al mismo tiempo sea fuego consumidor? La causa de este equivocado punto de vista se fundamente en nuestro orgullo. Pensamos que somos iguales a Dios y por eso lo analizamos a la luz de nuestra propia experiencia como si él fuese humano. Algunos incluso tratan de colocarse por encima de Dios y quieren circunscribirlo dentro de un concepto totalmente entendible y manejable por sus torpes y obtusas mentes.

Dios es y puede ser todo lo que él dice que es y puede ser. Para él no hay imposibles. Nuestro razonamiento no es óbice para la existencia y cualidad de nuestro Padre celestial. Él nos creó a nosotros y no nosotros a él. Su existencia no depende de nuestra comprensión. Con humildad y obediencia reconozcamos nuestras propias limitaciones y la majestad y autoridad de nuestro Dios. Él nos ama y quiere lo mejor para nosotros y para lograrlo hará todo lo que sea necesario, así no nos guste o no lo entendamos. No seamos insensatos y dejemos de propiciar su ira y su enojo que podrán parecer a nuestras débiles mentes como algo incongruente o incompatible con su amor. Muchos se han dejado llevar por sus humanos razonamientos para su propio pesar. Dios nos amó primero, aceptemos su amor y justicia. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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