La palabra de hoy 18 de octubre de 2011


Al necio no le complace el discernimiento;
tan sólo hace alarde de su propia opinión.
Proverbios 18:2

Muchos tienen problemas para comunicarse con sus congéneres porque su propio orgullo les impide reconocer que todos tienen derecho a ser escuchados. Para quien puede discernir la verdad, la diversidad de opiniones es una fuente muy valiosa para la toma de decisiones. Cuando uno va al mercado a comprar alimentos, usualmente uno puede escoger  las mejores legumbres del montón. Uno las examina todas, algunas están golpeadas, otras están muy verdes, otras están a punto de dañarse, otras ya están dañadas  y también están aquellas que se encuentran en perfecto estado. Así que uno rápidamente les echa un vistazo e inmediatamente se da cuenta de cuales son las legumbres más atractivas y las coloca aparte para comprarlas. Con las ideas y las opiniones ocurre algo similar. Hay ideas que con apenas echarles un vistazo uno se puede dar cuenta de que están en mal estado. No se necesita ser un experto ni detenerse mucho tiempo en examinarlas para entender que son ideas que no tienen futuro. Otras requieren una inspección más minuciosa pero tampoco se necesita mucho tiempo para identificar sus defectos y descartarlas. Y también podemos encontrar aquellas ideas que tienen sentido, que se apegan a la razón y que están alineadas con la palabra de Dios y nuestras convicciones.

Al necio no le importa si los conceptos y las ideas de los demás son buenas o malas. Lo único que le interesa es que los demás escuchen su opinión y la acepten sin chistar. Ésto no es más que orgullo concentrado y pura vanidad. Los fariseos que atacaron a Jesús sufrían de este mal y nunca llegaron a detenerse a pensar que el humilde Maestro de Galilea les ofrecía la verdad en bandeja de plata y por eso lo rechazaron y lo persiguieron. No nos hagamos imitadores de estos nefastos y orgullosos personajes. Tengamos en mente la exhortación del apóstol Pablo: “sométanlo todo a prueba, aférrense a lo bueno.” Hagamos siempre uso del discernimiento que el Espíritu Santo nos ha concedido y confiemos en todo momento en el poder y la protección de Dios. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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