La palabra de hoy 21 de octubre de 2011


No nos trata conforme a nuestros pecados
ni nos paga según nuestras maldades.
Salmos 103:10

Uno de los aspectos más difíciles de entender acerca de la naturaleza de Dios es su inmensa misericordia. Quienes buscan apoyarse en una supuesta incongruencia entre la naturaleza amorosa de Dios y su justicia,más que todo para negar su existencia, siempre ignoran convenientemente la capacidad y voluntad que tiene Dios para perdonar nuestros pecados. Si Dios fuese sólo justicia y verdad ningún ser humano, con la notable e incomparable excepción de nuestro Señor Jesucristo, podría ser hallado inocente de todo mal. Esto significa que todos estamos en principio condenados a existir totalmente separados de Dios, es decir a muerte. La única manera que el amor de Dios podía alcanzarnos y rescatarnos sin quebrantar su propia justicia era mediante la muerte de Jesucristo en lugar de todos nosotros. El justo llevando la culpa de los injustos. El inocente cargando sobre sí toda la condenación de los culpables. En la muerte de Jesucristo en la cruz, sentenciada por las autoridades imperiales romanas, se lograron satisfacer todos los requerimientos de la ley y todos aquellos que creen en Cristo se hacen beneficiarios del cumplimiento penal de la sentencias individuales establecida sobre cada uno de ellos.

Cualquiera que se presente delante de Dios sin la representación legal de nuestro Salvador quedará irremediablemente sentenciado a muerte. Ésto es algo que no debe ser considerado con ligereza. A nadie se le ocurre acudir a un tribunal de justicia o a un juzgado sin la debida asistencia de un abogado. Para todos los que hemos creído en Cristo ocurrirá un juicio inédito. En este juicio, el abogado defensor (Jesucristo) que representa al acusado (cada uno de nosotros) no busca que su cliente sea hallado libre de culpa. En realidad se reconoce toda la culpa y la necesidad de aplicar todo el peso de la ley a su representado. Sin embargo, como argumento final para la defensa, el abogado defensor asume toda responsabilidad sobre las consecuencias derivadas de las acciones criminales de su cliente y como el requisito del castigo ya ha sido satisfecho por el defensor, al tribunal no le queda dictaminar otra cosa que la absolución del acusado. Reconozcamos con eterno agradecimiento la obra de nuestro Señor Jesucristo llevada a cabo en la cruz del monte de la Calavera y busquemos cobijo bajo su redentora misericordia. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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