La palabra de hoy 22 de octubre de 2011


Ofrecieron a sus hijos y a sus hijas como sacrificio a esos demonios.
Derramaron sangre inocente, la sangre de sus hijos y sus hijas.
Al ofrecerlos en sacrificio a los ídolos de Canaán,
su sangre derramada profanó la tierra.
Tales hechos los contaminaron; tales acciones los corrompieron.
Salmos 106:37-39

Dios tenía una razón muy poderosa para prohibirle a los israelitas después de su salida de Egipto mezclarse con los pueblos que ocupaban temporalmente las extensiones de la tierra de Canaán y regiones aledañas. No sólo les prohibió asociarse con esos pueblos paganos sino que ordenó la destrucción total de todos ellos. De estas instrucciones dadas al pueblo de Israel muchos se han aprovechado, eso sí sacando fuera de contexto las palabra de Dios, para decir que Dios es un Dios cruel y falto de amor. De manera alegre ignoran la intrínseca justicia que conlleva la naturaleza divina. Las barbaridades y abominaciones que esta gente estaba acostumbrada a hacer en nombre de su religión eran realmente terroríficas y despreciables. Una de sus más espantosos rituales era el sacrificio de sus hijos a los ídolos. Entregar la vida de sus hijos en sangriento sacrificio a los demonios que se hacían pasar por dioses es algo totalmente inaceptable e incomprensible para quienes vivimos en estos tiempos algo más civilizados.

No obstante, de alguna manera, en general hemos permitido que nuestros hijos se hayan entregado al mundo y hasta al enemigo de nuestras almas en sacrificio por su deseo de vivir de acuerdo a las ideas que imperan en estos tiempos. En estos tiempos postmodernos lo material se impone sobre lo espiritual, lo exterior sobre lo interior, lo temporal sobre lo perdurable, lo urgente sobre lo importante, lo superficial sobre lo fundamental, lo confuso sobre lo sólido, lo aleatorio sobre lo firme, lo ambiguo sobre lo absoluto. Todas estas nuevas (en realidad no son muy nuevas que digamos) ideas que se oponen a los principios y caminos establecidos en la palabra de Dios hoy son comunes y prevalentes. Nuestros hijos han abrazado esas ideas y nosotros lo hemos permitido al observar pasivamente como el mundo ha secuestrado las mentes y los corazones de nuestros muchachos. Actuemos con decisión y arrojo para rescatar a nuestros hijos de los ídolos y demonios que moldean esta decadente sociedad. Nunca es tarde cuando el propósito es la salvación de sus almas. Con la ayuda de nuestro Señor Jesucristo saldremos vencedores. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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