La palabra de hoy 6 de noviembre de 2011


Salva a tu pueblo, bendice a tu heredad,
 y cual pastor guíalos por siempre.
Salmos 28:9

Para la gran mayoría de los cristianos─si no a todos─la persecución por parte del mundo comienza tan pronto como nos identificamos como hijos de Dios. Tan pronto esto sucede la sociedad, con la notable excepción de algunas culturas que se formaron a la luz del Protestantismo, estereotipa al hijo de Dios como un ser intolerante, juzgador, amargo, fanático, pedante y retardatario. Hay que reconocer que algunos que profesan ser hijos de Dios cuadran perfectamente con esta desacertada descripción de la personalidad del hijo de Dios y por ser como han sido le han dado una muy mala imagen al cristianismo. Muchos, por inmadurez espiritual, asumen posiciones legalistas a ultranza que sólo logran reforzar el estereotipo arriba descrito. En todo caso, tan pronto nos identificamos como pueblo de Dios comienzan los ataques, los desprecios y los insultos. Para muchos esta actitud del mundo para con los hijos de Dios es desalentadora y atemorizante. Muchos no soportan la presión que ejerce la sociedad y la familia y se vuelven al mundo y sus pasiones desbordadas. Éstos no entienden que Dios protege y guía a su pueblo a través de tormentas, conmociones, disturbios, conflagraciones, pestes, inundaciones, sequías o cualquier otro desastre natural.

La fortaleza del pueblo de Dios es el Señor. Él es nuestro Pastor y Líder. Bajo su atenta mirada estaremos seguros pues él no descansa ni duerme. Su amor es más grande que el universo y nos lo ha demostrado por medio de su Hijo Jesucristo. Él es quien nos guía por sendas de justicia para llevarnos a nuestro destino celestial, es decir a su presencia. Sólo espera de nosotros respeto, reconocimiento y obediencia. Sólo busca que actuemos con justicia, misericordia y humildad. Si rechazaron al Maestro, con más razón nos rechazarán a nosotros, pero no por lo que somos sino por lo que representamos. Conscientes de la protección con que contamos, cumplamos con nuestro compromiso de ser testigos de su amor y el Espíritu Santo se encargará del resto. Dios nos salva, nos bendice y nos guía. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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