La palabra de hoy 13 de noviembre de 2011


La justicia protege al que anda en integridad,
pero la maldad arruina al pecador.
Proverbios 13:6

La justicia humana, al igual que todas las cosas relacionadas con la naturaleza del hombre, es imperfecta. Aún cuando las intenciones sean buenas y honestas, la justicia humana se ve limitada por leyes mal redactadas o absurdos legales, o simplemente leyes cuya validez es limitada a su contexto histórico. Luego tenemos el aspecto de la corrupción. Esto no se limita a algún tipo de cultura o a algún país sino es algo general que ocurre en todas partes del mundo. Donde exista el hombre, allí habrá corrupción. Todos conocemos de una o varias instancias en que las cortes y los tribunales han actuado con absoluto desprecio por la justicia y la constitución nacional. Decisiones influenciadas por motivos políticos son una mancha más en la historia de países dominados por el totalitarismo y hasta es posible que ocurran en países con una larga y sólida trayectoria democrática. Conociendo estas grandes debilidades del sistema judicial instituido por el hombre ¿podemos confiar en que recibiremos justicia cuando acudamos a él?

La única y verdadera justicia es la justicia de Dios. La justicia de Dios es perfecta porque Dios es perfecto. Aunque no veamos un sistema de instancias, jurados, fiscales, abogados y jueces, la justicia divina avanza inexorablemente para poner todas las cosas en su justo lugar. Su fundamento es la sabiduría. Sus principios son sencillos y sus decisiones son brillantes. Sus sentencias son impecables y su jurisprudencia es eterna. Cada vez que sintamos que nuestros derechos han sido violados podemos acudir con toda confianza a Dios y clamar por su justicia. Pero cuida de que estés andando en integridad para que ella te proteja. De lo contrario, la justicia divina traerá sobre ti las consecuencias propias de las malas acciones que no hayas confesado a Dios y de las cuales no te hayas arrepentido. No podemos contar del todo con las instituciones establecidas por el hombre pero podemos descansar con absoluta confianza en la justicia de Dios, la cual no tardará en ejercerse sobre quienes disfrutan de la maldad y han hecho de ella un estilo de vida. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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