La palabra de hoy 15 de noviembre de 2011


Parecen leñadores en el bosque,
talando árboles con sus hachas.
Con sus hachas y martillos
destrozaron todos los adornos de madera.
Prendieron fuego a tu santuario;
profanaron el lugar donde habitas.
Salmos 74:5-7

En los tiempos del Antiguo Testamento el hombre centraba su atención en las cosas y los objetos que representaban a Dios. El énfasis estaba colocado en los lugares santos, los altares de sacrificio, el templo, el arca del pacto, las tablas de la ley, la vara de Moisés, el maná caído del cielo, el efod sacerdotal, los rollos de la Ley, etcétera. En el Nuevo Testamento el énfasis cambia y ahora se centra en el ser humano. Por la gracia de Dios y mediante la obra redentora de Cristo en la cruz, el hombre que ha sido hecho salvo se constituye en el templo del Espíritu Santo de Dios y eso lo hace sagrado. No obstante, todavía quedan muchos atavismos culturales y religiosos que nos hacen ver ciertas cosas como sagradas y digna de devoción. Esto se debe a la necesidad humana de ver para creer y de tocar para estar seguro. Como émulos del incrédulo apóstol Tomás, erigimos todo un sistema de objetos y prácticas que nos dan la seguridad y la estructura para afianzar nuestra fe. Lamentablemente muchas veces ponemos más atención a estas cosas que al propio centro de nuestra fe y nuestra vida, el Señor Jesucristo.

Las culturas y las instituciones pasan. Jesucristo y su iglesia permanecen. Si bien debemos estar agradecidos de que contamos con una estructura religiosa que nos permite expresar nuestra necesidad de mantenernos relacionados con Dios mediante algo tangible, lo más importante es la relación directa que podamos mantener como seres individuales con Dios. Mantenernos conectados a Cristo es primordial. Los modos y las estructuras son secundarias, aunque no dejan de tener su importancia y por lo tanto no deben ser descuidadas. Aprendamos a vivir en constante comunicación con Dios, agradeciéndole todo lo que ha hecho, hace y hará por nosotros. Reconozcamos su autoridad sobre nuestra vida y nuestro destino y sirvámosle siempre con obediencia y alegría. Mantengámonos muy cerca de él en todo momento y así podremos disfrutar al máximo el don de la vida, independientemente de las circunstancias que nos rodeen. Busquemos los tesoros que sólo se encuentran en su palabra y pongámolos en acción en nuestras vidas. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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