La palabra de hoy 17 de noviembre de 2011


El que perdona la ofensa cultiva el amor;
el que insiste en la ofensa divide a los amigos.
Proverbios 17:9

Existe una conexión muy firme y estrecha entre el amor y el perdón. Lamentablemente muchas personas no pueden apreciar esta conexión y mantienen odios y rencores guardados en su corazón contra quienes alguna vez los agredieron o los injuriaron. Sólo la raza humana es capaz de guardar rencor. Pareciera que nos satisface revivir las situaciones que en el pasado nos hicieron daño para alimentar en el presente la ira que estas nos producen y de esa manera experimentar las fuertes emociones que dicha ira genera en nuestro ser. Además pareciera que así como hay gente que siempre tiene la necesidad de ser el centro de la atención de otros, también existen personas que necesitan sentir odio y rencor para darle sentido a su vida. Donde hay luz no puede haber oscuridad y donde hay amor no hay lugar para el odio. El rencor y las razones que lo producen son esa parte de nuestro ser que nos negamos a someter bajo el control del Espíritu Santo de Dios. Nos aferramos desesperadamente a los resentimientos y por ello nos negamos a ofrecer y a recibir perdón.

El Señor Jesús nos dijo que debemos perdonar a nuestros deudores, porque si les perdonamos a otros sus ofensas, también nos perdonará a nosotros nuestro Padre celestial. Pero si no perdonamos a otros sus ofensas , tampoco nuestro Padre nos perdonará a nosotros las nuestras. [1] Y vaya que tenemos unas cuantas ofensas que hemos cometido contra nuestro Padre que necesitan ser perdonadas y que no lo serán hasta tanto nosotros hayamos hecho la parte que nos corresponde. Revisemos, pues, lo que hay guardado en lo más profundo del corazón y limpiemos la casa de todos esos agravios que nos producen rencor. Con corazones limpios y libres de inquinas y resentimientos permitamos que Dios siga transformando nuestros corazones para hacerlos cada día que pasa más parecidos al corazón de nuestro Señor Jesucristo, que siempre ha estado y estará lleno de amor y compasión. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

[1] Mateo 6:12-15
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