La palabra de hoy 16 de diciembre de 2011


Desató desde el cielo el viento solano,
y con su poder levantó el viento del sur.
Cual lluvia de polvo, hizo que les lloviera carne;
¡nubes de pájaros, como la arena del mar!
Los hizo caer en medio de su campamento
y en los alrededores de sus tiendas.
Salmos 78:26-28

¿Ha estado usted alguna vez envuelto en una tormenta de polvo o arena? Le cuento que es algo increíble y sofocante. El aire se hace prácticamente irrespirable y la visibilidad se reduce a cero. El color del cielo se torne rojizo u ocre, una capa de arena se esparce sobre toda superficie y no hay manera de determinar cuando el fenómeno meteorológico llegará a su fin. Ahora imagínese la misma tormenta pero esta vez en vez de polvo lo que cae al suelo son pájaros, y no cualquier clase de pájaros sino gustosas codornices. Imagínense, asimismo, que la capa de las codornices que cubre la superficie tenga un espesor aproximado de un metro (tres pies) es decir, que estemos todos inundados casi hasta la cintura por un mar de aves. Seguro que de encontrarse usted en una situación similar lo primero que se le ocurriría es decir ¡Qué buena oportunidad para apertrecharme de carne! ¡Y sin costo alguno para mí! y seguro también que usted no dejaría pasar mucho tiempo sin comenzar a recolectar tanto como fuese posible del plumífero botín.

Lo arriba descrito le ocurrió al pueblo de Israel cuando estaba en el desierto después de haber escapado espectacular y milagrosamente de las garras de los egipcios. Pero lo que ocurrió no fue un hecho fortuito. Había una razón de peso y es que el pueblo se quejaba amargamente de que no tenían carne que comer. Tan molesta era la queja que llegó un punto donde Moisés, el líder visible de ese gran escape le pidió a Dios que le quitara la vida. Dios respondió enviándoles carne en abundancia la cual los israelitas recolectaron con avidez para luego recibir una fuerte disciplina del Señor fundamentada en la glotonería del rebelde pueblo. Seamos cuidadosos con lo que deseamos y nunca nos quejemos por algo que creemos nos hace falta. Si lo que consideramos que nos hace falta es realmente necesario Dios lo suplirá de acuerdo a su gracia y misericordia. Si lo que pensamos que nos hace falta es sólo un deseo trivial pudiéramos estar expuestos a una severa disciplina de parte del Señor. Aprendamos pues a vivir con contentamiento para no caer en la trampa del consumismo y los excesos. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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